10 de marzo de 2018

Primeros contactos entre los habitantes de la Patagonia y los navegantes europeos


Durante miles de años los pueblos autóctonos de la Patagonia y la Tierra del Fuego, aónikenk, selk’nam, kawésqar, haush y yagán, mantuvieron inalterable su modo de vida nómada tradicional, adaptando su cultura y costumbres a una naturaleza de clima muy riguroso que, sin embargo, les proporcionaba todo lo que necesitaban.

Con la llegada de los primeros navegantes europeos a la región, estos pueblos ingresarán en los libros de historia a través del relato de viajeros, cronistas y exploradores. En la mayoría de los casos, a pesar de que los habitantes originarios recibieron pacíficamente y con cordialidad a los recién llegados, brindándoles su hospitalidad, los conquistadores respondieron con una violencia indiscriminada y salvaje.
Cazadores selk'nam tocados con el Kóchil o gorro triangular de piel de guanaco, Martin Gusinde, 1923
En esta nota reseñamos el primer encuentro del que se tiene noticia de cada uno de los distintos pueblos con los europeos, especificando la fecha y el lugar donde ocurrió. El orden cronológico de estos contactos es el siguiente: Aónikenk (1520), Selk’nam (1579), Kawésqar (1599), Haush (1619) y Yagán (1624). Al final del texto incluimos la bibliografía que hace referencia a la fuente original donde aparecen estos relatos y descripciones.

Aónikenk,  31 de marzo de 1520, puerto San Julián:

Los aónikenk eran cazadores nómadas que habitaban una extensa área que iba desde el río Santa Cruz hasta el estrecho de Magallanes. Su primer contacto con los exploradores españoles lo tuvieron el 31 de marzo de 1520, cuando las naves de Hernando de Magallanes llegaron a las costas patagónicas y recalaron en una bahía que bautizaron con el nombre de San Julián. Antonio Pigafetta, el cronista de este viaje, nos narra como, a pesar de ser recibidos pacíficamente, los españoles se pusieron a la tarea de capturar a alguno de los indígenas:

“Magallanes mostró empeño en quedarse con los dos más jóvenes de aquellos salvajes. Para conseguirlo empleó la astucia más que la fuerza; el recurrir a ella habría costado la vida a más de uno de nosotros. Regaló a todos cuchillos, espejos, cascabeles, cuentecillas de vidrio; tantas cosas que tenían las manos llenas. Enseñoles después unos anillos de hierro (que no eran otra cosa que grillos) y, viendo cuánto les gustaban, se los ofreció también; pero tenían las manos tan ocupadas, que no podían tomarlos, observado lo cual por el Capitán general, les hizo entender que se los dejaba poner en los pies, y con ellos se marcharían, a lo que accedieron por señas. Entonces nuestra gente les puso los anillos y pasaron la clavija del cierre, que remacharon con presteza. Mostráronse recelosos durante la operación manifestándolo así; pero el Capitán general los tranquilizó. Apercibidos, no obstante, del engaño se pusieron furiosos; bufaban, daban tremendos alaridos e invocaban a Setebos, o sea el demonio, en su ayuda”.
Encuentro entre Aónikenk y españoles en Puerto Deseado, PO Aónikenk, José del Pozo, 1789

El objetivo de los conquistadores era llevar a los nativos a España para exhibirlos como exóticos trofeos. Sin embargo, ambos prisioneros murieron en la larga y accidentada travesía marítima, uno a la altura del Ecuador y el otro afectado por el escorbuto.

Selk’nam, 11 de diciembre de 1579, bahía Gente Grande

Aunque Magallanes al pasar por el estrecho que hoy lleva su nombre pudo ver los fuegos que realizaban los selk’nam para avisarse entre ellos de la llegada de intrusos, el primer encuentro físico entre europeos y los legendarios habitantes de Tierra del Fuego habría de demorarse todavía seis décadas. El histórico suceso ocurrió el 11 de diciembre de 1579 cuando Pedro Sarmiento de Gamboa desembarcó con sus hombres en la actual bahía Gente Grande y  encontró a un grupo de quince Selk’nam:

“Desembarcamos en tierra por ser ya tarde para hacer noche. Y estándonos alojando, tiró un soldado un arcabuzazo a unas aves, y a la respuesta del arcabuz dieron muchas voces unos indios que estaban en una montaña en la otra parte de esta ensenada: y al primer grito pensamos ser lobos-marinos hasta que los vimos desnudos y colorados los cuerpos, porque se untan estos, según después vimos, con tierra colorada. En la costa brava, junto a la mar, entre unos peñascos, estaban quince mancebos desnudos totalmente; y llegados a ellos con señas de paz, nos señalaron con grandes voces e instancia con las manos hacia donde dejábamos los navíos; y llegándonos más a las peñas les señalamos se llegasen y les daríamos de lo que llevábamos. Sarmiento les dio dos paños de manos y un tocador, que otra cosa no tenía allí; y los pilotos y soldados les dieron algunas cosas con que ellos quedaron contentos. Dímosles vino, y derramáronlo después que lo probaron; dímosles bizcocho, y comíanlo; y no se aseguraron con todo eso. Por lo cual, y porque estábamos en costa brava a peligro de perder el batel, nos volvimos al alojamiento primero, y les dijimos por señas que fuesen allá. Y llegados al alojamiento, Sarmiento puso dos centinelas por seguridad”.
Una de las fotografías de selk'nam más antiguas, Oskar Ekholm, 1884
A pesar de que los españoles habían sido recibidos afablemente por parte de los naturales de la isla, que colocaron sus arcos y flechas en el suelo en señal de paz, eso no impidió que Sarmiento diera órdenes a sus soldados para que los capturaran:

“Prendió con violencia a uno de ellos para que fuese lengua: púsole en el batel; abrazóle con regalo, vistió su desnudez, e hízole comer. A esta tierra llamó Punta de la Gente, por ser la primera en que la halló. El indio, a quien jamás se le enjugaron las lágrimas, soltando una camisilla, se arrojó a la mar y se les fue a nado”.

Kawésqar, 25 de noviembre de 1599, isla Santa Marta

Es posible que las expediciones españolas que atravesaron el estrecho de Magallanes a mediados del siglo XVI, la de Francisco Cortés Ojea y de Juan Ladrillero, tuvieran algún contacto con los kawésqar, aunque no tenemos registro de ello. Sabemos que Sarmiento en 1580 pudo ver una canoa con tres o cuatro personas a bordo que sin embargo se eclipsó inmediatamente. Aunque los españoles desembarcaron en esa costa, no pudieron entrar en contacto con sus habitantes que se mantuvieron escondidos.
Kawésqar en una dalca de tres tablas en los canales patagónicos, fecha desconocida
Por tanto, el primer encuentro documentado con los kawésqar iba a corresponder a los holandeses de la escuadra de Olivier van Noort, que el 25 de noviembre de 1599 llegaron a la isla Santa Marta, en medio del estrecho de Magallanes. Allí avistaron a un grupo de unas cuarenta personas, hombres, mujeres, niñas, ancianos. El comandante ordenó inmediatamente el desembarco de una tropa armada que atacó a los indígenas con una brutalidad desconocida. Nos lo cuenta el propio comandante holandés en su libro “Description du penible voyage faict entour de l’univers ou globe terrestre”:

“Cuando entramos a la fuerza, no quisieron rendirse, hasta que los hombres fueron muertos a flechazos. Entonces nos abalanzamos sobre un grupo de mujeres y niños que estaban amontonados, los unos sobre los otros, viejos y jóvenes mezclados, que pensaban salvarse de las flechas de esa manera. Hubo varios muertos y heridos y capturamos a cuatro chicos y dos muchachas, que nos llevamos a bordo”.
Grabado de Theodor De Bry que representa la matanza de kawésqar de los holandeses en 1599

Haush,  23 de enero de 1619, bahía de Buen Suceso:

En 1619 bordeaba Tierra del Fuego la expedición comandada por los hermanos Bartolomé y Gonzalo García de Nodal. El 23 de enero desembarcaron en la bahía Buen Suceso y se toparon con ocho haush, una reunión que fue descrita en la página 35 del libro “Relación diaria del reconocimiento del nuevo estrecho de San Vicente y del de Magallanes”:

“Vimos que no traían armas ningunas, y que venían en cueros, desnudos; algunos traían bonetes de plumas blancas de pájaros, y otros algunos pellejos de carneros, con lana larga como los de España, y un pellejo de venado que trocaron con un capote, y hilo de lana de carneros; y correas de cuero adornadas con almagre: vinieron abriendo los brazos y dando voces a su modo, a, a, a, y arrojando los bonetes que traían en señal de amistad”.
Mujer Haush fotografiada por Alberto De Agostini hacia 1920
A pesar del pacífico recibimiento, los españoles, armados con sus arcabuces y espadas, trataron de capturar a los indígenas:

“Salimos otra vez a tierra, con pensamiento de ver si podíamos coger algunos. Llevamos algunas niñerías, y dos frascos de vino y pan que les dimos, y ellos lo tomaron: pero por ningún caso han comido ni han querido beber de los que les dábamos: que debían de entender que les dábamos alguna ponzoña. Tomaban de buena gana cualquier cosa de fierro, y otro cualquiera metal. Aquí tratamos como podíamos [de] coger algunos (…) Jamás debieron de ver gente por allí; ni se espantaban de los arcabuces ni sabían qué cosa era porque había algunos que estaban con las cuerdas caladas para disparar, y no hacían movimiento alguno”.

Sin embargo, no tuvieron éxito en su tarea y, después de aprovisionarse de agua y leña, levaron anclas sin conseguir apresar ningún Haush.

Yagán, 21 de febrero de 1624, isla Navarino

Aunque algunos relatos sitúan el primer contacto de los yaganes con los europeos en el viaje de Francis Drake, la descripción más antigua que tenemos sobre este pueblo es de 1624, el denominado “informe de Schapenham” cuyo nombre es debido a su autor, el vicealmirante holandés Geen Huygen Schapenham, que formaba parte de la flota comandada por Jacobus l’Hermite. Los holandeses estuvieron varias semanas en las islas situadas más al sur del archipiélago fueguino, dejándonos una minuciosa descripción de las costumbres y hábitos yaganes:

"Construyen sus chozas o casitas con troncos de árboles; redondas abajo, terminan en forma de punta, a manera de las tiendas de campaña, con una apertura en la parte más alta para dejar escapar el humo. Estas chozas están asentadas en un pozo de dos a tres pies, cavado en el suelo, y recubiertas de tierra en su parte exterior. Tienen varios tipos de armas. Unos llevan arcos y flechas con punta de piedra en forma de arpón, hechas con mucho arte. Otros se arman de largas lanzas cuya punta es un hueso filoso provisto de dientes para clavarse mejor en las carnes. Utilizan también garrotes y hondas que manejan con mucha eficacia, así como cuchillos de piedra bien afilados."
Yaganes a bordo de La Romanche, bahía Orange, 1882
Como buenos marinos, los holandeses se fijaron especialmente en el proceso de construcción de la canoa yagán, hecha tras descortezar un árbol en pie que tomaban de los frondosos bosques de guindos que entonces llegaban casi hasta el mar:

"Sus canoas son dignas de admiración. Para construirlas, toman la corteza entera de un árbol grueso; la modelan, recortando ciertas partes y volviendo a coserlas, de manera que adquiera la forma de una góndola de Venecia. La trabajan con mucho arte, colocando la corteza sobre maderos, como se hace con los barcos en los astilleros de Holanda. Una vez obtenida la forma de góndola, refuerzan la canoa cubriendo el fondo de punta a punta con palos transversales, que recubren a su vez de corteza; luego cosen el conjunto”.

Aunque los cronistas aseguran que el primer encuentro fue cordial, unos días después los yaganes acabaron con la vida de 17 marineros que se habían quedado varados en isla Hoste. Los cuerpos deaparecieron misteriosamente lo que dio pie a los holandeses para asegurar que los yaganes eran caníbales. Años después los yaganes sufrieron especialmente los secuestros, las enfermedades y el robo de su territorio.
Familia "patagona", según grabado de Friedrich Wilhelm Goedsche, 1830

Bibliografía:

GALLEZ, Pablo J., La más antigua descripcion de los Yamana (Schapenham 1624), Revista Karukinka n.º 15, 17-30, Buenos Aires 1976.

GARCÍA DE NODAL, Bartolomé y Gonzalo, Relación diaria del reconocimiento del nuevo estrecho de San Vicente y del de Magallanes, Fernando Correa de Montenegro, Madrid, 1621.

PIGAFETTA, Antonio, Primer viaje alrededor del mundo, Madrid, 1899.

SARMIENTO DE GAMBOA, Pedro, Viage al Estrecho de Magallanes por el Capitán Pedro Sarmiento de Gamboa en los años de 1579 y 1580, Imprenta Real de la Gazeta, Madrid, 1768.

VANNOORT, Olivier, Description du penible voyage faict entour de l’univers ou globe terrestre, Cornille Claesz, Amsterdam, 1602.

18 de noviembre de 2017

La expedición antártica belga (1897-99) en Punta Arenas

El 1 de diciembre de 1897 atracaba en la rada de Punta Arenas, La Belgica, un velero de tres palos comandando por Adrien de Gerlache, cuyo destino era la exploración de la Antártida en un viaje que habría de durar más de dos años. Su tripulación estaba compuesta por científicos y marineros de diversas nacionalidades, belgas, noruegos o polacos. Entre ellos se encontraba un joven de 25 años llamado Roald Amundsen, y que años después sería el primer hombre en llegar al polo sur geográfico. Los expedicionarios belgas fueron los primeros en pasar un invierno completo en el continente blanco, una hazaña que Gerlache narró en su libro “Quince meses en la Antártida”. Esta obra incluye una descripción de la Punta Arenas finisecular e, indirectamente, contiene una prueba más de las matanzas de Selk’nam que entonces se encontraban en pleno apogeo. Les invitamos a leer el siguiente párrafo de libro:


"La Belgica" en la Antártida
“Punta Arenas es la capital de los territorios chilenos conocidos oficialmente bajo la denominación Colonia de Magallanes. El nombre Punta Arenas, en inglés Sandy Point, procede de la punta arenosa que avanza hacia el norte del fondeadero. Es la ciudad más meridional del mundo.
Ya, en 1582, se hizo una tentativa de asentamiento en el estrecho por el célebre navegante Sarmiento, con el fin de asegurar a España la posesión de este paso. Lo cierto es que, para ser exactos, Sarmiento no se estableció en el lugar del estrecho ocupado hoy por la pequeña ciudad chilena, sino más al sur, cerca del extremo de la península de Brunswick; llamó a esta lejana colonia Ciudad Real de Felipe. El rigor del clima, la imprevisión y la anarquía contribuyeron al desastre de esta colonia del extremo sur: el nombre de Puerto Hambre, perpetuado en el recuerdo a través de los años, es suficientemente explícito para que no haya que insistir más.
A pesar de que la región magallánica se tenía por inhospitalaria y estéril, el gobierno chileno no dudó en fundar allí, en 1843, un puesto militar: Fuerte Bulnes. Habiendo pronto reconocido los inconvenientes y los peligros de este lugar expuesto a los heladas y que los Andes dominan de forma demasiado inmediata, se trasladó el establecimiento más al norte, cerca de la punta de arena de la que hemos hablado más arriba y que dispone de un fondeadero excelente, y que debido a su ubicación sobre el estrecho tiene una gran importancia estratégica.


Punta Arenas, capital de la región de Magallanes, en febrero de 1899
Como la de los asentamientos anteriores, la historia de Punta Arenas es abundante en peripecias, la última fechada en 1877. Punta Arenas era entonces una colonia penal donde los penados y sus guardianes llevaban una existencia miserable –tan desgraciada que finalmente todos se rebelaron, soldados y relegados juntos. Los rebeldes se apoderaron de la ciudad, mutilaron al comandante de la guarnición, condenándolo a muerte y cortándole la cabeza, que ataron a la puerta de la prisión. Después se dedicaron al saqueo. Sin embargo, tres días después, la aparición de una navío de guerra chileno les hizo huir. Los amotinados cometieron la imprudencia de cargar su botín en los cuarenta caballos de que disponían, una colección de objetos inútiles, sin preocuparse de llevar víveres. Después de matar a todos los caballos para subsistir, perecieron hasta el último de ellos en el desierto patagón.
Este drama iba a tener una feliz consecuencia sobre el futuro de Punta Arenas: la ciudad se encontró de pronto desembarazada de la prisión, que no fue restablecida, y de la triste población que la gangrenaba. A partir de entonces nada se oponía a su prosperidad.
El gobierno se esforzó en atraer hasta allí colonos, a los que les facilitaba el pasaje, reembolsable en largos plazos y sin intereses, les daba un terreno para trabajar, utensilios, cuatro vacas, un buey, dos caballos y materiales para construir una cabaña. Emigrantes de todos los países de mundo civilizado respondieron a la llamada y la colonia no tardó en progresar. Cuatro años más tarde, la población había pasado de 195 a 800 almas.


Hotel de France, el lugar donde se alojaron los expedicionarios belgas
Desde 1868 los vapores de la Pacific Steam Navigation Company habían comenzado a atravesar el estrecho de Magallanes haciendo escala en Punta Arenas. Hoy, paquebotes alemanes se alternan con los vapores ingleses; Punta Arenas se encuentra así comunicada semanalmente con Valparaíso, con Buenos Aires y con Europa. Declarada puerto franco el mismo año de 1868, Punta Arenas no ha cesado de crecer y, cuando nosotros estuvimos allí, la población se elevaba a unos 4.500 habitantes.
La clase proletaria está compuesta mayoritariamente de dálmatas, gentes laboriosas y honestas, que se dedican sobre todo a los oficios del mar; los alemanes son muy numerosos y varios de ellos han prosperado en el comercio; todos los países de Europa están representados al menos por algunos colonos. El personal administrativo chileno se compone de un gobernador civil, un oficial de justicia, empleados de correos, un recaudador de impuestos o tesorero, un cirujano médico, un capitán del puerto.


Adrien de Gerlache en una postal de la época conmemorativa de la expedición antártica
Por otro lado, la pequeña ciudad patagónica es la sede principal de las misiones de los reverendos padres salesianos que dirigen dos establecimientos que albergan algunos centenares de fueguinos; el de isla Dawson, en territorio chileno, y el de Río Grande, en la parte argentina de Tierra del Fuego.
Desde que un inglés, M. Reynard, tuvo la idea de traer ovejas desde las islas Malvinas y funda una “estancia” en los alrededores de Punta Arenas, su ejemplo ha sido seguido por otros. La ganadería ovina se practica ahora en toda la Patagonia austral e incluso, al otro lado del estrecho, en la parte pampeana de la Tierra del Fuego. Es en Punta Arenas donde los estancieros embarcan la lana. Es en sus tiendas, grandes bazares donde se encuentra de todo, donde vienen a proveerse de lo que necesitan. Es allí precisamente donde los mineros, buscadores de oro, venden las raras pepitas que encuentran en esos parajes desolados, desde el cabo Vírgenes hasta el cabo de Hornos, y sobre todo en el pequeño Arroyo del Oro; también es allí donde gastan en orgías el valor de algunas cientos de gramos del precioso mineral que han tardado en ocasiones meses en recoger.
Hace algunos años se hablaba con entusiasmo del carbón, del cual se pretendía haber encontrado una veta importante en los alrededores de la ciudad. Se formó una compañía para explotarlo y se construyó una pequeña vía férrea, y entonces se dieron cuenta que el carbón tan mentado no era otra cosa que un lignito de baja calidad que no merecía los gastos de explotación.
Algunos negociantes arman en Punta Arenas pequeñas goletas para la caza de lobos, sobre los islotes del sur y del oeste de Fuegia; consiguen de este modo elevados ingresos, a pesar de las prohibiciones establecidas por el gobierno chileno para preservar del exterminio estos interesantes pinnípedos.


Busto en recuerdo de De Gerlache en Ushuaia, Argenetina
Hombres con iniciativa han establecido importantes aserraderos, canteras de construcción, forjas. Otros, son cuatro o cinco, ejercen el oficio de buzo, que los naufragios y los accidentes del mar, muy frecuentes en estas regiones, son extremadamente lucrativos.
En resumen, Punta Arenas no es el “pequeño agujero” que se podría creer. Sería exagerado por otro lado pretender que es una bella ciudad. Largas, trazadas mediante líneas, según el sistema de cuadras, las calles no están pavimentadas y son poco menos que impracticables cuando llueve, lo que sucede muy a menudo. Están bordeadas de casas bajas, construidas en madera y recubiertas de chapas onduladas, ocupadas casi todas por grandes tiendas donde se amontonan las mercancías más disparatadas. Como todas las ciudades hispanoamericanas, Punta Arenas tiene una plaza pública, de forma rectangular, donde se encuentra el palacio del gobernador, edificio de una planta construido en ladrillo y piedra. Sobre la misma plaza se encuentra el último vestigio de los primeros días de la colonia, la antigua residencia oficial, fea casa de madera, anteriormente cubierta de tejas y que ha sido curiosamente parcheada con chapas, pizarras, planchas, incluso paja, lo que proporciona a esta casucha un aire tan lamentable como pintoresco. Es allí donde está instalado ahora el puesto de policía. Punta Arenas posee varios hoteles, entre ellos uno regentado por una francesa de Marsella, mademoiselle Euphrasie Dufour, donde tuvimos la suerte de alojarnos.
Una de las curiosidades locales es el cuerpo de bomberos. Esta institución está organizada por los propios habitantes; sus miembros son comerciantes, estancieros o funcionarios, todos voluntarios. Poseen buen material y un local muy amplio que, desde que llegamos, fue puesto amablemente a nuestra disposición. Se trata de un edificio construido siguiendo el modelo de las antiguas casas coloniales americanas, con la fachada pintada en rojo y decorada con columnas. Los salones de este puesto son el lugar de reunión de los señores bomberos, que vienen todas las noches a jugarse a las cartas miles de dólares, bebiendo grandes vasos de cerveza y de otras bebidas.
Punta Arenas es de lejos una de las ciudades del mundo donde más se bebe. El número de barriles y de botellas de vino o de licores que se importan cada año es muy considerable. Una vez vaciadas, los barriles son empleados en las fundiciones de grasa de oveja. En cuanto a las botellas, algunos habitantes han encontrado un uso bien original: construyen las casas con ellas tras machacarlas en un mortero.
Funcionarios, colonos, oficiales del barco chileno Magallanes, se esfuerzan por hacernos agradable nuestra estancia, que tuvo que prolongarse debido a dificultades en el embarque del carbón, enviado desde Bélgica y que tuvimos que esperar en el muelle.
El segundo domingo fuimos invitados a un gran picnic. Éramos quizá sesenta personas en total en esta fiesta campestre, y sin embargo había diecinueve nacionalidades representadas. Un suizo, antiguo oficial del ejército ruso, era nuestro anfitrión. ¡Fue muy interesante escuchar a esta gente contarnos sus novelescas vidas!
Me senté al lado de un millonario de Tierra del Fuego, dueño de una estancia de 100.000 lanares y que tiene como empleados a unos carabineros, a los que paga una libra esterlina por cada cuero cabelludo de “perro salvaje”; así es como llaman a los infortunados indios en el mundo de los negocios”.


Selk'nam de Tierra del Fuego, víctimas de matanzas y persecuciones





4 de noviembre de 2017

Asesinatos de Kawésqar en Magallanes, 1874

Óscar Viel Toro (1837-1892) fue un militar y marino chileno, que ejerció el cargo de gobernador de Magallanes, Chile, en la década de 1870 y a quien la historia oficial le atribuye todo el mérito de la “europeización” de la región, es decir, de ser el impulsor de la inmigración de origen europeo (franceses, españoles, suizos, centroeuropeos) con destino a la entonces incipiente colonia de Punta Arenas.
    Lo que no todo el mundo sabe es que el gobernador Viel, con calle hoy en Punta Arenas, fue un perseguidor implacable de los kawésqar, habitantes ancestrales del territorio desde miles de años antes de que el primer colono se instalara en la zona. Viel organizó varias expediciones armadas que provocaron verdaderas masacres de hombres, mujeres y niños, que apenas podían defenderse con piedras de las mortíferas armas de fuego de los empleados de la gobernación. En sus informes privados al ministro en Santiago de Chile, como este de septiembre de 1874 que ahora hacemos público y que está escrito de su puño y letra, califica a los kawésqar de “bárbaros” y aunque lamenta “matar a esos infelices” no dudará en organizar nuevas expediciones de castigo y escarmiento.

Dalca Kawésqar a fines del siglo XIX
    Este estremecedor documento es un claro ejemplo de la salvaje desproporción del castigo aplicado a los indígenas sospechosos de latrocinio de ganado, y que en el caso de los Selk’nam tomará la magnitud de verdadero genocidio que todavía espera reparación por parte de los estados de Chile y Argentina. Asesinatos, persecuciones, deportaciones en masa, brutales actos llevados a cabo contra los pueblos autóctonos de la Patagonia y la Tierra del Fuego con un único objetivo; que un puñado de grandes latifundistas (Menéndez, Braun, Stubenrauch, Montes, Nogueira, etc.) se apropien de sus tierras para hacerse, ellos y sus familias, inmensamente ricos.
     Les invitamos a leer la transcripción de este revelador documento histórico.

Niñas kawésqar en la playa, Joseph Emperaire, 1948

Informe del gobernador de Magallanes Oscar Viel al ministro de Colonización, de fecha 6 de septiembre de 1874*:

“Desde tiempo atrás venía notando por los encargados del cuidado del ganado fiscal los esqueletos i restos de animales muertos, por los Fueguinos, los que a pesar de la gran vigilancia que se tenía, no habían podido ser sorprendidos.
Como era natural suponer, se les buscaba del lado de la playa i era harto extraño que ni siquiera se apercibiese en ella rastros donde tomasen sus embarcaciones. Esto hizo suponer que talvez se hallarían en el monte, procediendo desde el mar de Ottway.
Con ese fin dispuse marchase una expedición compuesta de seis individuos, los que a un día de marcha encontraron las guellas. Seguidas estas, alcanzaron hasta un escarpado monte en el centro de la península de Brunswick, en cuya cima se hallaban alojados los bárbaros.
Fue necesario que los expedicionarios treparan el monte desmontados, por escalerillas labradas en la tierra, hechas por los indios, posición escogida por ello sin duda para estar en seguridad.
Llegados a su guarida, fueron recibidos los expedicionarios con flechas y piedras lanzadas por ondas, las que afortunadamente no lograron sino herir levemente a uno de los expedicionarios.
Atacados, fueron muertos 6 indios i 2 mujeres, habiéndose defendido hasta llegar a hacer uso de sables de guerra con que se hallaban armados, provenientes sin duda de algún naufragio i de los cuales me permito remitir a V. una muestra.
Fueron además tomados tres indiesitos pequeños los que si V. tiene a bien, pueden ser remitidos a esa capital para que puedan ser educados en algún establecimiento de beneficiencia.

La falta de municiones obligó a los expedicionarios a volver al establecimiento de Agua Fresca, donde un fortísimo temporal les ha impedido expedicionar nuevamente contra los fugitivos, que se calculan en 7 ú 8.
Es probable que otras partidas de indios se hallen en esos lugares, por cuyo motivo he ordenado que tan pronto como el tiempo lo permita se emprendan nuevas expediciones, para evitar los perjuicios ocasionados en el ganado, los cuales no han sido de poca consideración, habiéndose encontrado en la guarida a que me he referido 29 cueros, 13 de ellos de animales menores i es presumible que no sean estos solos los que han muerto.


El jefe de la partida me ha hecho presente que solo la necesidad le obligó a matar a esos infelices, teniendo encargo de solo tomarlos, para procurar arrancarlos de la barbarie i conocer si fuese posible por ellos sus costumbres i particularidades, que sin duda no dejarán de tener interés.
Del resultado de la nueva expedición que debe salir, daré oportunamente cuenta a V.

Fdo.: Oscar Viel”


*Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, Santiago de Chile, 49 A: 303.

Niños Kawésqar, Paz Errázuriz, 1994