28 de abril de 2016

Reconocer el genocidio selknam y el derecho de los muertos a descansar en Tierra del Fuego

Un grupo de historiadores chilenos exigen al Estado de Chile el reconocimiento del genocidio selk'nam, una petición que puede ser firmada en Change. Al final del documento aparecen las primeras adhesiones.

Los y las abajo firmantes, demandamos el reconocimiento del genocidio selknam por parte del Estado y el inicio de un proceso de reparación histórica que incluya la erección de un memorial, la repatriación de los cuerpos de los selknam deportados, y la dignificación de la memoria de las víctimas de la colonización.



En 1885 Argentina y Chile comenzaron la colonización de la Tierra del Fuego a través de la entrega de concesiones ganaderas sobre un territorio hasta entonces independiente. Los estados desconocieron la soberanía selknam, basándose en las ficciones jurídicas del Imperio Español, y favorecieron los intereses de los capitales alemanes y británicos para expandir las ovejas que ya ocupaban Malvinas y Patagonia continental. Los selknam resistieron a la colonización atacando los rebaños y destruyendo las alambradas que comenzaban a dividir su territorio. Estancieros y administradores organizaron partidas de hombres armados para asesinar y capturar a los indígenas, como queda demostrado en numerosa documentación administrativa, judicial, empresarial y testimonial; la mayoría de los y las sobrevivientes enfrentaron la deportación a las misiones salesianas en Río Grande e Isla Dawson, tentativa de sedentarización y aculturación forzada que produjo su muerte, situación ampliamente documentada. Algunos sobrevivientes, especialmente niños y niñas, fueron  apropiados para el servicio doméstico, como esclavas sexuales, o debieron asimilarse al trabajo ganadero. De ello también existe documentación, aunque más fragmentada. Como resultado de estos procesos adoptados por acuerdo entre estancieros, primero, entre sacerdotes salesianos y empresarios ganaderos, luego, casi siempre con la colaboración de autoridades de los estados chileno y argentino, en menos de dos décadas millones de ovejas pastaban sobre el espacio fueguino, vaciado de su población originaria. Ello estableció de manera permanente la soberanía argentina y chilena sobre la isla.

De acuerdo con la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de las Naciones Unidas (1948), “se entiende por genocidio cualquiera de los actos […] perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal”, entre ellos la “matanza de miembros del grupo”, la “lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo”, el “sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”, y el traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo”. Dado que todos estos actos se produjeron contra el pueblo selknam es imprescindible reconocer oficialmente el genocidio, esto es, “la  destrucción física intencional de un grupo social completo o la aniquilación de una parte tan significativa de ese grupo de la que resulte que no continúe siendo capaz de reproducirse  biológica  y  cultural”.  Por  último,  cabe  insistir  en  que  se  trató  de un proceso planificado y sistemático, decidido en reuniones de las que ha quedado registro.



El reconocimiento del genocidio selknam y aonikenk (tehuelche del sur) por parte del Estado chileno fue planteado en 2007, cuando el entonces senador por Magallanes Pedro Muñoz presentó una moción que ha sido discutida en las comisiones de cultura del Senado y de la Cámara de Diputados. En la primera se debatió el tema, haciéndose referencia al Informe de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas (2003, 2008), que definió como genocida la ocupación de Patagonia austral y Tierra del Fuego. Sin embargo, “Los Honorables Senadores señores [Andrés] Chadwick y [Mariano] Ruiz-Esquide plantearon reemplazar el término ‘genocidio’ por ‘extinción’, dadas las consecuencias que se podrían generar para el Estado”, lo que fue respaldado por el senador Cantero. Sin discutir el fondo de la cuestión y por unanimidad, lo mismo que en la sala, se aprobó reconocer “la extinción de las etnias”. Pasado el proyecto a la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, se resolvió utilizar el concepto de genocidio.5 En plenario, los diputados Giovanni Calderón (UDI) y Jorge Sabag (DC) se opusieron al reconocimiento del genocidio, “pues el delito […]  no prescribe y puede derivar en indemnizaciones a las víctimas”. Desde entonces, el proyecto de ley permanece, sin urgencia, en trámite.

Dado lo anteriormente señalado, consideramos imprescindible el reconocimiento del Estado y los gobiernos locales del genocidio selknam, y proponemos la construcción de un Memorial en Tierra del Fuego, en el que puedan ser enterradas las víctimas de las políticas de deportación y exterminio. La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, firmada por Chile en 2007, establece que “los pueblos indígenas tienen derecho a […] obtener la repatriación de sus restos humanos”, y que “los Estados procurarán facilitar el acceso y/o la repatriación de objetos de culto y de restos humanos que posean mediante mecanismos justos, transparentes y eficaces”. Por ello, las autoridades del Estado de Chile deben arbitrar las medidas para que los cuerpos profanados y exhibidos en museos, o depositados en instituciones locales, nacionales o extranjeras puedan finalmente reposar dignamente en la que fuera su tierra. Asimismo, y dado que la Declaración firmada por el Estado establece que “los pueblos indígenas tienen derecho a que la dignidad y diversidad de sus culturas, tradiciones, historias y aspiraciones queden debidamente reflejadas en la educación y la información pública”, deberán ejecutarse medidas que eviten la naturalización del exterminio en nombre del “progreso”, entre ellas, la apertura de un diálogo social amplio sobre los símbolos y efemérides magallánicas.


Esperamos que la presente solicitud ciudadana siga un curso exitoso, respondiendo a la necesidad de hacer un mínimo de justicia histórica con las víctimas, rescatar su memoria, reparar aunque sea parcialmente a sus descendientes, e incorporar su historia en los planes de estudio y las políticas de la identidad a nivel local, regional y nacional. Sólo de esta manera será posible proyectarnos como comunidades  regionales y estatales reconciliadas con un pasado diverso y complejo, construyendo un presente más justo para los pueblos originarios y las sociedades construidas sobre su destrucción, silenciamiento y/o marginación.


Redactores:

José Luis Alonso Marchante, escritor. Madrid, España.
Nicolás Gómez Baeza, profesor de Historia e historiador. Punta Arenas y Santiago, Chile.
Alberto Harambour Ross, historiador. Punta Arenas y Santiago, Chile.

Primeras firmas:

Paulette Alejandra Aguilera Salazar, Historiadora, Santiago de Chile
Ramón Arriagada, escritor y sociólogo, Puerto Natales.
Christian Báez, historiador, Santiago.
Jorge Baradit, escritor, Santiago.
Ernesto Bohoslavsky, historiador UNGS/CONICET, Buenos Aires.
Gabriel Boric, diputado, Magallanes.
Ljuba Vesna Boric Bargetto, Candidata a Doctora en Historia USACH, Santiago de Chile
Natalia Braidot, historiadora del Arte y profesora, Madrid.
Cristian Javier Cañete Leal, Presidente agrupación Memorias en el Viento. Punta Arenas, Chile.
Léonard Chemineau, dibujante, París.
Rafael Cheuquelaf Bradasic, periodista y músico Lluvia Ácida, Punta Arenas.
Roberto Cortes, estudiante de posgrado en Historia, Universidad Católica de Valparaíso.
Gustavo Alejandro De la Barra Riquelme, Geógrafo, Licenciado en Geografía, Punta Arenas.
Walter Mario Delrio, docente/investigador, CONICET/Universidad Nacional de Rio Negro.
Nolberto Díaz, vicepresidente CUT, Tierra del Fuego.
Francisca Carolina Díaz Zúñiga. Candidata a Magister en Historia USACH. Santiago de Chile.
Gabriel Di Meglio, historiador, CONICET / UBA
Sanja Durin, antropóloga, Institute of Ethnology and Folklore, Zagreb.
Javier Figueroa Ortiz, Universidad Central de Chile.
Mario Garcés Durán,  Académico Universidad de Santiago de Chile y Director de ECO Educación y Comunicaciones, Santiago de Chile
Marcelo Garrido, geógrafo, Vicerrector U. Academia de Humanismo Cristiano.
Igor Goicovic Donoso, historiador de la Universidad de Santiago de Chile, Santiago de Chile.
Rodrigo González Vivar, profesor e investigador, Instituto de la Patagonia.
Sergio Grez Toso, historiador, Universidad de Chile
Verónica Grondona Olmi, investigadora Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires.
Jessabel Guamán Flores, historiadora. La Serena, Chile
Luis Milton Ibarra Philemon, Archivo Histórico Municipal y Comisión por la Memoria Huelgas 1921, Calafate.
Sergio Infante R., poeta y profesor universitario, Estocolmo.
Xochitl Inostroza Ponce, etnohistoriadora, Universidad de Chile-UMCE.
Mirta Leyes, pintora y profesora, Mercedes.
Marcelo E. Loyola Avilés, historiador. Santiago, Chile.
Luis Alberto Mancilla, profesor y escritor, Castro.
Ivette Martínez M., Profesora, Caleta María.
Dante Montiel Vera, profesor de Estado e historiador, Castro.
Mario Isidro Moreno, escritor, Punta Arenas.
Omar Moya, programador, Santiago.
Cristina Moyano Barahona, historiadora Universidad de Santiago de Chile, Santiago de Chile.
Alexis Nolent, escritor y guionista, París.
Yerko Obilinovic, periodista, Punta Arenas.
Pavel Oyarzún Díaz, escritor, Punta Arenas.
Pedro Pacheco A., docente, Universidad Viña del Mar.
Fernando Pairican, Historiador, docente Universidad de Santiago de Chile.
Pedro Pacheco, docente Universidad Viña del Mar.
Marisol Palma Behnke, historiadora, Universidad Alberto Hurtado 
Pilar Pérez, docente-investigadora, IIDYPCA-UNRN-CONICET, Argentina
Julio Pinto V, historiador, Universidad de Santiago de Chile.
Alfredo Prieto Iglesias, arqueólogo, Universidad de Magallanes, Puerto Natales.
Loreto Quiroz Rojas, abogada, Universidad de Chile.
Javier Eduardo Rivas Rodríguez, Académico U del Desarrollo y USACH. Santiago de Chile.
Alfons Rodríguez, fotoperiodista, Barcelona.
Federico Rodríguez, escritor y profesor, Río Grande.
Manuel Luis Rodríguez, sociólogo y cientista político, Punta Arenas.
Mariela Eva Rodríguez, CONICET/UBA/ FLACSO-Argentina.
Enrique Hugo Mases, historiador. Director GEHiSo, Universidad Nacional del Comahue.
Pablo Navas, Profesor,  Universidad Nacional de la Patagonia Austral, Río Gallegos.
Laura Pomerantz, doctora en Historia del Arte, Buenos Aires.
Mario A. Rivera, profesor titular Universidad de Magallanes, Punta Arenas.
Camila Rojas, presidenta Federación Estudiantes Universidad Chile, Santiago.
Catalina Saavedra Pérez, actriz, Santiago.
Camilo A. Santibáñez Rebolledo, profesor de Historia e historiador, Santiago de Chile.
Paula Tikay Ferrer, artista, Santiago.
Stefanie Torrejón Vásquez, historiadora, Archivo Nacional de la Administración, Santiago.
Jaime Valenzuela M., Profesor Titular, Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Cristian Valle Celedón, realizador audiovisual, Punta Arenas.
Marcelo Valko, escritor y profesor, Buenos Aires.
Orlando Vargas Oyarzún, ingeniero comercial, Punta Arenas.
Bernardo Veksler, periodista y escritor, Buenos Aires.
Pablo Venegas, psicólogo, Rector Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Mauricio Webel, periodista, Santiago.


18 de diciembre de 2015

"La tragedia obrera de Bajo Pisagua. Río Baker, 1906", de Mauricio Osorio

En 1906 casi doscientos trabajadores procedentes de Chiloé contratados por la Compañía Explotadora del Baker fueron abandonados a su suerte durante los meses más crudos del invierno por sus irresponsables empleadores en la región de Aysén, muriendo más de sesenta de ellos a causa del hambre y la enfermedad. El abandono culpable de la empresa, detrás de la cual se encontraban poderosos accionistas chilenos de rimbombantes apellidos, no tuvo castigo alguno y las víctimas sufrieron doblemente; su muerte física y el ominoso silencio de la historia.


Portada del libro de Mauricio Osorio


Mauricio Osorio Pefaur es un antropólogo social que vive en Coyhaique, en plena Patagonia chilena. Allí lleva a cabo un encomiable trabajo de recuperación de la memoria de su tierra, ocupándose de arrojar luz y documentar acontecimientos que muchas veces no aparecen en los libros de la historia oficial. Con ese afán investigador y provisto de una infatigable energía, en julio de 2013 se trasladó a Santiago de Chile y se encerró en la Biblioteca Nacional a hurgar en viejos periódicos y diarios publicados en Chiloé cien años antes. Buscaba información que permitiera descubrir qué había detrás del medio centenar de cruces de madera que se agolpaban en la llamada "Isla de los Muertos", en Caleta Tortel, un lugar tenebroso a orillas del río Baker. 

Ficha de la Cía Explotadora del Baker con la que se pagaba a los obreros

Las crónicas aseguraban que allí estaban enterrados los obreros chilotes abandonados a su suerte por sus empleadores, pero ningún nombre aparecía inscrito en las cruces. Mauricio, con paciencia propia de artesano, continuó trabajando hasta que, casi cuando ya había perdido la esperanza, encontró la primera noticia de la tragedia en la prensa local. Era una breve nota, apenas unas líneas, que confirmaban sin embargo que aquellos hechos habían sido objeto de atención por los periódicos de la época. Unos días después, se produjo el hallazgo: el diario "La Alianza Liberal" del 11 de octubre de 1906 publicaba en primera página los nombres y apellidos de los muertos de Río Baker. Y además, pedía justicia por la muerte de tanto trabajador inocente cuyo único error fue confiar en la empresa que les contrató para una campaña que se reveló mortífera.




De Santiago Mauricio se fue para Chiloé, donde recogió valiosísimos testimonios orales de los descendientes de los fallecidos que habían mantenido vivo de generación en generación el relato de un trágico suceso. Con las fuentes bibliográficas, escudriñando los trabajos de cualquiera -aventurero, explorador, estanciero- que hubiera visitado la zona desde 1906, Mauricio Osorio reunió el material suficiente para publicar un libro que acaba de ver la luz. 

Hacheros de Chiloé en una explotación forestal

"La tragedia obrera de Bajo Pisagua. Río Baker, 1906" (Ediciones Ñire Negro, 2015) es un libro contundente, tremendamente documentado, muy bien estructurado, que devuelve todo el protagonismo a los trabajadores chilotes protagonistas de esta terrible historia, que aparecen aquí por vez primera con nombre y apellidos.

Las cruces del cementerio de la isla de los muertos en Caleta Tortel
Un libro que deja en evidencia a los inescrupulosos empresarios cuyo único objetivo era "incrementar sus arcas de manera fácil antes que honesta y esforzada", tal y como señala acertadamente el profesor Enrique Martínez en el prólogo. Y aquí aparecen los grandes capitales de Santiago, en este caso el Banco Mobiliario del "respetable" Francisco Subercaseaux que animó a su vástago a emprender su propio negocio ganadero. Un negocio que se reveló ruinoso por la incapacidad empresarial de sus promotores y que terminó con un reguero de tumbas, hasta ahora anónimas, al final del río. Unas víctimas que emergen, ya para siempre, de la larga sombra del olvido.


13 de noviembre de 2015

Ouchpoukatekanensis y la trágica historia del pueblo Yaganes

Los yaganes, también conocidos como yámanas, habitan desde hace miles de años las islas y canales del extremo más austral de América, en un amplio territorio comprendido entre el sur de Tierra del Fuego y el cabo de Hornos. Tradicionalmente, eran un pueblo nómada canoero dedicado a la pesca, la caza de otáridos y aves marinas y la recogida de moluscos, especialmente mejillones, que se desplazaban de un lado a otro en sus embarcaciones fabricadas con corteza de guindo y en cuyo interior mantenían permanentemente encendido un fuego.

Ouchpoukatekanensis junto a su familia pocas semanas antes de su muerte

Perfectamente adaptados a las duras condiciones climáticas y geográficas del territorio, se vestían con pieles de lobo marino o nutria echadas sobre la espalda, dejando la mayor parte de su cuerpo a la intemperie. Los hombres cortaban la madera necesaria para sus canoas, construían la choza y se ocupaban de la caza y pesca, manejando arpones, hondas y lanzas. Las mujeres se encargaban del cuidado de los ninos, la recolección de bayas y frutas silvestres y la confección de ornamentos como collares, pulseras y brazaletes.

Recorrían los canales e islas en pequeños grupos, reuniéndose en gran número cuando se producía la varadura de una ballena, que era aprovechada por todos los miembros de la comunidad, alimentándose de la carne y conservando la grasa del animal. Frecuentaban las caletas y bahías mejor protegidas de los embates del mar, donde abundaban los mariscos y moluscos. Vivían en libertad absoluta y practicaban una igualdad perfecta, con una gran disposición a compartir lo que tenían con todos los que les rodeaban. Poseían una religiosidad múltiple, inspirada por Watauineiwa, el creador, en la que la ceremonia secreta del Chiajóus, o iniciación de los jóvenes, ocupaba un lugar principal. Los yaganes, en fin, hablaban un idioma compuesto de más de treinta mil palabras.

Yámanas a bordo de "La Romanche" en 1882

         Sin embargo, este pueblo verá truncada abruptamente su normal existencia cuando, durante el siglo XIX, su territorio se vea invadido por los primeros colonizadores europeos, ávidos de nuevos territorios que explotar y nuevas almas para civilizar. En efecto, si los primeros sucesos violentos que padecieron los yáganes se debieron a desagradables encuentros con marineros y cazadores de focas, muchos de los cuales se divertían disparando sobre sus canoas, el comienzo del final de la vida nómada de este pueblo se producirá con la llegada de los misioneros ingleses de la Patagonian Missionary Society. A pesar de los desastrosos ensayos civilizadores llevamos a cabo con anterioridad, como el caso de Jemmy Button y su traslado a Inglaterra en 1833, los religiosos protestantes instalarán una misión permanente en 1869 en Ushuaia, sobre el canal Beagle, con la finalidad de evangelizar al pueblo yámana. Ahora bien, la persistencia de los misioneros en su supuesta labor civilizadora provocó un efecto letal que abocó a la casi extinción a este pueblo. El cambio de la vida nómada a la vida sedentaria fue fatal para los yaganes. El hacinamiento en el que vivían y al aire viciado que respiraban provocó violentas epidemias de tuberculosis y sarampión, que diezmarán a la población indígena residente en Ushuaia sin que ninguno de los misioneros resultara afectado.

Marineros franceses de "La Romanche", 1882 (Jean-Louis Doze)

         Un episodio más del trágico destino de este pueblo es la historia desgraciada de Ouchpoukatekanensis, un hombre de 35 años que vivía en Bahía Orange junto a su familia. Conocemos todos los detalles gracias a los expedicionarios franceses de la Mission Scientifique du Cap Horn, que estuvieron un año en 1882/83 en territorio yagán, realizando estudios geográficos y antropológicos. Debido a un accidente fortuito, a Ouchpoukatekanensis se le gangrenó el pie y, a pesar de que los médicos franceses trataron de salvar su vida, murió el 26 de abril de 1883 en Bahía Orange.

         Hay que decir que, aunque los expedicionarios franceses de la misión al Cabo de Hornos siempre mostraron una gran sensibilidad hacia los yaganes con los que convivieron durante casi un año, también  se emplearon a fondo para recoger osamentas humanas para las colecciones de los museos de París, tal y como se acostumbraba en la época. La mayoría de los huesos los obtuvieron del propio pastor Thomas Bridges, debido a la gran mortandad de los yaganes alojados en la misión. El religioso aseguraba que eran los mismos indígenas los que le entregaban los restos humanos de sus familiares, lo que parece un tanto extraño teniendo en cuenta que los yaganes, como la mayor parte de los pueblos del planeta, tenían por costumbre enterrar a sus muertos.


Cráneo de Ouchpoukatekanensis según una lámina publicada por el doctor Hyades

       Sin embargo, la ocasión de hacerse con un cuerpo completo, recientemente fallecido, se les presentó con la trágica pero oportuna muerte de Ouchpoukatekanensis. Los franceses trasladaron el cadáver a bordo de su barco, La Romanche, y, convenientemente sumergido en alcohol, se lo llevaron a Francia. En el Museo de Historia Natural de París, en el gabinete del profesor Armand de Quatrefages, los restos de Ouchpoukatekanensis fueron diseccionados y descarnados. Una vez limpios los huesos, su esqueleto y su cráneo ingresaron en las colecciones del museo. Hoy forman parte de los más de 10.000 restos humanos que se agolpan en los sótanos del recientemente reabierto al público Musée de l’Homme.
        En la actualidad, la mayoría de los países tienen leyes que establecen que los restos mortales que forman parte de museos o colecciones privadas y que están perfectamente identificados, como el caso que nos ocupa, deben ser devueltos a sus comunidades. Un acto de justicia sería la restitución de los huesos de Ouchpoukatekanensis, de tal modo que descansaran para siempre entre las ensenadas y bahías de su tierra legendaria, rodeados de un mar embravecido y un viento vigoroso, al otro extremo del mundo.


Esqueleto de Ouchpoukatekanensis


22 de octubre de 2015

Territorio Kawésqar: viaje en kayak por los canales de la Patagonia

Estamos en territorio kawésqar, el legendario pueblo de nómadas canoeros de la Patagonia. Una lluvia fina cae ininterrumpidamente desde hace horas y el viento helado sopla con fuerza por el laberinto de canales e islas. Entre la niebla, a lo lejos, aparecen unas figuras que poco a poco se van perfilando. Dos hombres avanzan resueltos deslizándose por el agua con sus ligeros kayak. Su fabuloso viaje será el material para "Una odisea en la Patagonia" (“Une odyssée en Patagonie”), uno de los más recomendables libros sobre la Patagonia que he leído últimamente, escrito por Inti Salas Rossenbach, y publicado en Francia en septiembre de 2013 (Éditions La Découvrance).


Bellísima fotografía en las cercanías de Puerto Natales, Patagonia occidental (fotografía: www.patagonia2009.com )

Inti Salas y Alexandre Chenet emprendieron en el invierno austral de 2009 un viaje en kayak a través de los canales, fiordos e islotes de la Patagonia chilena, en un recorrido que les llevaría en aproximadamente cien días desde Punta Arenas hasta el Golfo de Penas, pasando por Puerto Natales, Puerto Edén y Tortel. Todas los días, en su tienda de campaña, resguardado del frío y de la lluvia propios de una meteorología inclemente, Salas llena pacientemente las páginas de su diario que luego transformará en libro y que también tendrá su versión en su página web: www.patagonia2009.com. Para privilegio de sus lectores, que podemos disfrutar tranquilamente de una verdadera aventura y de los recuerdos que el autor colectiviza en forma de relato muy bien escrito.

Una travesía prodigiosa, emprendida como un gran desafío puesto que Inti y Alexandre la hicieron en sentido sur a norte, la dirección más difícil. Al final del camino, el temible Golfo de Penas, que supone el acceso al inmenso mar abierto del océano Pacífico que, en ese lugar, revela su cara mas violenta y tempestuosa. Un lugar donde las playas no son otra cosas que guijarros de piedra y roca esculpidas a golpe del violento oleaje y donde el viento frío del oeste azota bajo un cielo casi permanentemente gris. Precisamente de ahí viene el nombre original, "Peñas", que los cartógrafos ingleses convirtieron en "Penas" al carecer en su abecedario de la letra "ñ", error que se ha ido reproduciendo hasta el punto de que el Instituto Geográfico chileno lo ha terminado aceptando como nombre oficial.



Portada del libro "Une odyssée en Patagonie"
En el largo viaje a esforzado golpe de remo, Inti Salas evoca a todos los que, antes que ellos, atravesaron los mismos canales, ensenadas, istmos y archipiélagos. En primer lugar, los legendarios kawésqar, fabulosos navegantes que hicieron de este territorio tortuoso su particular paraíso. Recoge algunas de las leyendas de este gran pueblo de marinos, como aquella que establece que los kawésqar creían que los muertos residían en alta mar, en el Océano Pacífico, regresando en algunas ocasiones al mundo de los vivos. Lo hacían siempre en forma de animales, como las focas que nadaban juguetonas alrededor de sus embarcaciones y cuya caza traía mala suerte.

También habla sobre los exploradores que por aquí pasaron antes que ellos, como John Byron y su accidentado viaje por el Golfo de Penas en 1741, del que solo tres marinos regresaron a Inglaterra. Los marineros ingleses sobrevivieron gracias a los habitantes autóctonos, que oficiaron de guías y sin cuya ayuda hubieran muerto irremediablemente. O Joseph Emperaire, al arqueólogo francés que convivió varios años con los kawésqar de Puerto Edén (Jetarkte, en lengua kawésqar), legándonos valiosos testimonios sobre su cultura y costumbres.

Kawésqar en su embarcación. Fotografía tomada en 1945 por Joseph Lemperaire (Musée du Quai Branly, París)
Lugar protagonista en el libro ocupan los pescadores chilenos, prácticamente los únicos seres humanos que encontraron en su larga travesía por los canales. A día de hoy, llevan a cabo una peligrosa y dura profesión que merece el máximo reconocimiento. Marineros de excepción que, ofreciéndoles hospitalidad, invitaron a los dos jóvenes franceses a subir a bordo de sus pequeños barcos, para resguardarse de los rigores del mar, y tomar una bebida caliente. Salas escribirá sobre ellos: "Conocen cada bahía, cada brazo de mar, cada canal, cada bajofondo, cada cadena montañosa de memoria. Conocen los sistemas meteorológicos locales de cada esquina que frecuentan, qué significa la llegada de tal viento, o lo que presagia la mar según la forma en la que se agitan las olas. Conocen tan bien su inmenso hábitat que ellos mismos ya son parte de él" (P. 127).

Inti pasa con su kayak por entre los barcos de pescadores, canal Sarmiento, junio de 2009

Desde un punto de vista de la historia social, como corresponde a alguien que bautiza a su kayak con el nombre “Francisco Ascaso”, legendario luchador anarquista de la Guerra Civil española, Salas evoca la lucha de Antonio Soto y los peones rurales, en las trágicas huelgas de Santa Cruz de 1921:

"Mientras esperábamos nuestros kayaks en Punta Arenas, visitamos el cementerio. Buscábamos una placa funeraria, la de Antonio Soto. En 1921 y 1922 tuvo lugar en Patagonia una gran y larga huelga de los peones, empleados temporales de las estancias ganaderas. Los dueños de las estancias amasaban fortunas inmensas y se hacían edificar en Punta Arenas fastuosas mansiones que reinan todavía en el centro de la ciudad. Los trabajadores, chilenos en su mayoría, se sublevaron contra sus condiciones de trabajo que los confinaban al estatus de casi esclavos. Reclamaban colchones en lugar de paja amontonada, salarios mínimos, el reconocimiento de su dignidad, cosas simple y esenciales. Pero también se habían rebelado para luchar a favor de los ideales de transformación social, de solidaridad, de las utopías libertarias. Durante esta segunda huelga -la primera se había acabado con promesas no cumplidas por el estado argentino- el ejercito intervendrá y fusila a cientos de hombres. El proceso era siempre el mismo en todo los lugares: cuando el 10º regimiento de caballería, comandado por el teniente coronel Varela, llegaba donde estaban los gauchos en huelga, estos, queriendo evitar un enfrentamiento demasiado desigual con los soldados, aceptaban unas veces parlamentar y otras rendirse. Entonces los militares, traicionando su palabra, fusilaban sin ningún miramiento a los jefes enviados para parlamentar. Sin embargo, Argentina acababa de abolir la pena de muerte. A continuación llegaban los propietarios de las estancias (de los que solo un puñado se opondrá a esta salvaje manera de poner fin a la revuelta) que señalaban a los buenos obreros. Los que no habían sido reclamados por nadie, eran igualmente fusilados y enterrados apresuradamente, siendo pasto de los armadillos y los buitres" (P.105).

Tumba de Antonio Soto Canalejos en el cementerio de Punta Arenas (fotografía: www.patagonia2009.com )

Y nos narra también la historia de los pueblos autóctonos de la Patagonia y Tierra del Fuego, que vieron desaparecer violentamente su modo ancestral de vida tras la llegada de los primeros colonizadores:

"En Tierra del Fuego, una región transformada en tierras para ganadería y para la explotación minera en el siglo XIX, los Selk'nams y los Haush fueron ejecutados por los terratenientes. Los que no murieron por el plomo fueron deportados a la isla Dawson o bien sucumbieron a las nuevas enfermedades europeas (rubéola, tuberculosis, neumonía, sífilis...): de varios miles a fines del siglo XIX, solamente unos cincuenta sobrevivían en 1920. Los misioneros salesianos los remataron, con esa insoportable buena voluntad de los evangelizadores, sedentarizándolos, aculturándolos y vistiéndolos a la manera occidental (lo que invariablemente los hacía morir de enfermedad" (P. 159).

Remando en kayak por los fiordos y canales de la Patagonia (fotografía: www.patagonia2009.com )

Salas subraya la costumbre de los europeos de cubrir rápidamente la desnudez de los indígenas, proporcionándoles ropas mugrientas y rotosas, con las que son fotografiados de manera humillante. "Fotos que lamento haber visto" (P. 180), confiesa el autor refiriéndose a las planchas fotográficas de la Mission Scientifique du Cap Horn de 1882/83.

Hace también una interesante reflexión sobre las gentes que viven hoy en la parte más austral de América: "La Patagonia convierte a la mayor parte de los hombres y mujeres que allí habitan, vengan de donde vengan, en descendientes de los primeros habitantes" (P. 161).

El autor, Inti Salas Rossenbanch, en uno de los tramos, especialmente agotadores, en los que tuvieron que portear el kayak

"Una odisea en la Patagonia" es el resultado de un viaje emprendido con la voluntad de dejar atrás la civilización y en la que el autor se da cuenta, casi al final de la epopeya, que la civilización viaja con uno, profundamente anclada en nuestro interior. Ya lo dijo el poeta Constantin Cavafis: “No existen para ti otras tierras, otros mares. La ciudad irá dónde tu vayas”. En conclusión, un libro totalmente recomendable, que espera su traducción al español y su distribución por Chile, Argentina o España, y que el autor dedica valientemente

 “A LOS EXILIADOS Y DESAPARECIDOS DE LA DICTADURA DE PINOCHET Y A LOS SIN PAPELES DEL MUNDO ENTERO”