12 de octubre de 2016

El genocidio Selk'nam a través de los testimonios de la época (2)

En 1910 el ingeniero Carlos R. Gallardo publicó su libro “Los Onas”, donde escribe al respecto del robo de ovejas por parte de los selk’nam de Tierra del Fuego: “son la consecuencia del progreso que obligó al hombre civilizado a quitar poco a poco al ona la tierra de sus antepasados, disminuyendo así la extensión de los campos en que antes pastaban las tropillas de guanacos que la naturaleza había creado para servirles de alimento. Hoy ese mismo hombre civilizado ha puesto ovejas en los prados, remplazando a los guanacos, es decir, ha desterrado al ganado del ona para dar pastaje al suyo, sin preocuparse para nada si a ese hombre, primitivo dueño de la tierra y del guanaco, le queda para comer o si se muere de hambre por lo que nada de condenable tiene que el ona se apropie de las ovejas”. A partir de entonces, los terratenientes de la Patagonia, con José Menéndez a la cabeza, ordenarán la persecución y caza de los "indios ladrones", provocando una verdadera carnicería. Imagen coloreada por Carlos Alberto Villarroel (19 de diciembre de 2014).




En agosto de 1895, a pesar de que Chile había abolido la esclavitud setenta y dos años antes, Punta Arenas celebró en la plaza pública un reparto de indígenas capturados en Tierra del Fuego. Los niños se entregaron a los habitantes de la ciudad que lo solicitaron. El sacerdote salesiano Maggiorino Borgatello nos ha dejado una vívida descripción de aquellos días terribles: “en medio de escenas las más desgarradoras, sacando por la fuerza los hijos de los brazos de sus padres para hacer de ellos esclavos. Por los malos tratamientos recibidos, por el hambre y nostalgia y sobre todo por verse privados de sus criaturas sin saber noticias de ellos, todos los indios cayeron miserablemente enfermos y no pocos han muerto. Lo peor era que esos enfermos, así de gravedad como se hallaban, eran enteramente abandonados y muchos yacían sobre la nieve o barro, sin abrigo ninguno, y casi desnudos por completo”. La “cacería de indios” había sido ordenada por Mauricio Braun, gerente de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, mientras que el reparto de esclavos fue una idea de Manuel Señoret, gobernador de Magallanes. 165 selk’nam fueron hechos prisioneros y un número indeterminado, que se resistió a sus captores, fue asesinado. Fotografía de dos selk'nam, Fernand Lahille, 1896 (19 de enero de 2015).



La historiadora argentina Nelly Iris Penazzo describió ya en 1996 cómo se organizaban las cacerías de los selk'nam por parte de los empleados de José Menéndez con la ayuda de la policía argentina. Cita, con nombres y apellidos, a todos los implicados: “Desde el fin de 1897 a mediados de 1898, la región del Río Grande se transforma en un campo de batalla a medida que se organiza la Estancia Primera Argentina, que sirve como centro de operaciones, desde donde parten las expediciones punitivas contra los Onas. Es comandada por el administrador James C. Robins y el mayordomo o capataz Alejandro Mac Lennan. Los empleados subalternos y los policías alojados en distintas casas y puestos de esa estancia, que se calcula puede llegar a 15 guardias policiales, con sus respectivos comisarios, entre los cuales se identifican a Ignacio Igarzábal y Atanasio Navarro, quienes también participan en las operaciones. Tampoco es ajeno a los hechos el propio Jefe de Policía Ramón Lucio Cortés y el secretario de la Gobernación Mariano Muñoz. Cortés fue herido en una de las acciones y es el comisario inspector José Pezzoli el que lo sustituye en la empeñosa tarea punitiva”. En la fotografía, Josecito Menéndez Behety y dos "cazadores de indios", Alexander Mac Lennan y Sam Hyslop, sentados tranquilamente los tres como si fueran los jefes de los policías (14 de febrero de 2015).



Sorprende comprobar cómo los autores que criticaron abiertamente la violencia de la colonización de la Patagonia y Tierra del Fuego señalando directamente a sus responsables, los grandes terratenientes del sur, vieron silenciados sus trabajos y olvidados para siempre sus nombres. Es el caso del periodista y escritor chileno Domingo Melfi (1892-1946), que se atrevió a escribir: "El problema del habitante en la Tierra del Fuego siempre ha tenido características dolorosas. El blanco que acudió a colonizar tuvo también que extirpar al nativo que ocupaba esas soledades y de las cuales era dueño y señor absoluto. Los onas eran una tribu pacífica que vivía de la caza del guanaco. Pero también ese animal había sido alejado o exterminado por el blanco, que lo cazaba en grandes cantidades. El indio desesperado se volvió contra lo que él llamaba "guanacos blancos", o sea, las ovejas que ya comenzaban a poblar las grandes extensiones concedidas a extranjeros. El blanco civilizador en lugar de darle otros bienes, si no iguales a los que le había quitado al menos compensadores en parte, lo persiguió como a las fieras". El óleo de Charles W. Furlong muestra a un grupo de cazadores selk'nam hacia 1908, Smithsonian American Art Museum (21 de agosto de 2015).


En marzo de 1896, por indicación de los terratenientes ganaderos, la policía argentina llevará a cabo una batida contra los selk'nam en las cercanías del cabo Domingo, en Tierra del Fuego, con el resultado de la captura de ochenta mujeres, hombres y niños y un reguero de muertos y heridos en la acción. Los detenidos, entre los que había veintiséis niños de menos de diez años de edad, fueron confinados en una rudimentaria prisión en Ushuaia, donde se los mantuvo encarcelados nueve largos meses. En ese plazo, muchos morirán de enfermedades, otros fueron trasladados a Chubut y los menos se dispersaron nuevamente por la isla. Fernand Lahille, empleado del Museo de la Plata que visitó Ushuaia en esas fechas, nos dejó algunas fotografías estremecedoras, como ésta donde se ve a dos de los prisioneros selk'nam que, a pesar de su fortaleza física, no pueden ocultar sus rostros demacrados y llenos de espanto (6 de septiembre de 2015).



Que nadie piense que las "cacerías de indios", con las que los grandes terratenientes ganaderos estuvieron a punto de exterminar al pueblo Selk'nam de Tierra del Fuego, fueron aceptadas como algo "normal" en la época. Existen muchos testimonios contemporáneos de personas que alzaron su voz para protestar por lo que estaba sucediendo. Un ejemplo, en 1893, antes de que se produjeran algunas de las peores matanzas en la isla, el pensador anarquista Élisée Reclus escribía: “Pero, ¿cuántos quedan hoy? Nacidos cazadores, persiguen el ganado de los blancos sin poder comprender que cinco o seis pastores puedan necesitar para ellos solos tantos miles de ovejas: encuentran muy natural compartirlas. Pronto habrán perecido todos, perseguidos por hombres armados de fusiles, a los que se les entrega como prima una libra esterlina por cada cabeza de indio”. Aunque más discretamente, los Menéndez, Braun y otros estancieros, continuaron la despiadada persecución de mujeres, hombres y niños hasta su casi total desaparición. En la imagen dos supervivientes, aferrados a sus arcos, en las cercanías de la misión de Río Grande (15 de abril de 2016).








16 de septiembre de 2016

Kawésqar, señores del mar (2)

Los kawésqar habitaron desde tiempos inmemoriales el laberinto de canales e islas comprendidos entre el golfo de Penas y la parte oeste de la Tierra del Fuego, en la Patagonia chilena. Este "pueblo de las canoas" estaba formado hacia 1850 por unas 4.000 mujeres, hombres y niños, reducidas a solo 300 personas medio siglo después. Autoridades, sacerdotes y latifundistas se unieron para poner fin al modo de vida ancestral de un pueblo legendario. Para entender la ideología sobre la que se sustentó este etnocidio, es interesante transcribir la opinión que sobre ellos tenía, en 1907, el Fiscal de Magallanes: "Sabido es que la misión que la congregación salesiana mantiene en la isla Dawson ha fracasado lamentablemente. Los indios al civilizarse o sea al adquirir la condición de seres humanos, no pueden subsistir, la tisis y otras enfermedades los diezman, la nostalgia de la vida puramente animal los desespera y los mata. En realidad, la única ventaja que ha traído la misión que esos frailes establecieron hace ya más de quince años es la de haber contribuido poderosamente a la casi completa extinción de las salvajes indiadas magallánicas, indiadas que según la opinión de un sociólogo eminente están formadas por los seres más ruines y miserables de la especie humana". Contra los deseos del magistrado, unos pocos kawésqar sobrevivieron, como la niña de la imagen, fotografiada en 1947 por Joseph Emperaire en Puerto Edén (7 de febrero de 2016).


Los kawésqar son un pueblo de canoeros que desde milenios han habitado los canales, islas y fiordos de la Patagonia, en un amplio territorio que va desde el Golfo de Penas hasta el estrecho de Magallanes. Se desplazaban por medio de sus embarcaciones donde llevaban un fuego permanentemente encendido, las pieles, palos y cortezas para construir la choza y los utensilios necesarios para la caza y pesca. Para su desgracia, fueron los primeros inquilinos de la misión salesiana de San Rafael en isla Dawson, adonde eran conducidos forzosamente. Los gobernadores mandaban capturar a los kawésqar que merodeaban por los canales y, en ocasiones, eran los mismos misioneros los que los recogían en su goleta María Auxiliadora. Como atestiguan los propios diarios de la misión, una vez en la isla los indígenas trataban inmediatamente de escapar, de tal modo que los religiosos se servían de los “indios mansos” para hacerles desistir de sus intentos de huida. Todos murieron en poco tiempo a causa de los estragos causados por las epidemias, cuyos mortíferos efectos se veían aumentados por la insalubridad y el hacinamiento al que eran sometidos los indígenas. La terrible fotografía, tomada por Henri Rousson en 1890, nos muestra una familia kawésqar en la misión; a la mujer y los niños les han rapado el cabello. Biblioteca Nacional de Francia (29 de agosto de 2015).


Que nadie tenga ninguna duda que los kawésqar, el legendario pueblo nómada canoero de la Patagonia, existen hoy en día y siguen siendo fieles a sus tradiciones y costumbres, conservando además intacta la memoria ancestral de sus antepasados. Los kawésqar actuales se movilizan por sus derechos, siendo capaces de plantar cara a las autoridades de Chile. Protestan por la aplicación de la Ley de Pesca, aprobada en 2012 y que beneficia a la gran industria pesquera en detrimento de los pescadores artesanales. Una Ley envuelta además en una gran polémica, ya que se investigan los supuestos pagos ilegales realizados por CORPESCA a diputados y senadores para que votaran a favor de la misma. Entre las nueve grandes familias que controlan en Chile la industria pesquera se encuentran nada menos que tres familias de bisnietos descendientes de José Menéndez, rey de la Patagonia. La historia de los abusos de los poderosos contra los más desprotegidos continúa cien años después. La bellísima fotografía de los tres niños kawésqar fue tomada por Paz Errázuriz en Puerto Edén, Jetarktétqal, en 1994. La noticia sobre los reclamos de los kawésqar en el siguiente enlace. (20 de septiembre de 2015).


En 1906 Rüdolf Stubenrauch, quien fuera cónsul alemán y británico además de rico estanciero, solicitó al entonces gobernador de Magallanes, Alberto Fuentes, que mandara soldados a la zona de Ultima Esperanza con el fin de capturar a los grupos dispersos de indígenas kawésqar para conducirlos a la misión salesiana de San Rafael, en isla Dawson. Stubenrauch, que hoy tiene dedicada una calle en Punta Arenas, no ocultará la opinión que le merecían los kawésqar, un pueblo que habitó durante miles de años ese territorio antes de que llegara él: “sería tiempo que sean recogidos y traídos a la misión de los padres salesianos en la isla Dawson estos seres que son una vergüenza para la humanidad”. Por suerte Stubenrauch está ya muerto y nadie se acuerda de él, mientras que la cultura kawésqar adquiere cada vez más protagonismo en Chile y en otros países. Interesantísimo el reportaje sobre Carolina Quintul Coliboro, profesora de lengua kawésqar, y el etnolingüista Oscar Aguilera, que publica la revista "FEM Patagonia" (2 de octubre de 2015).



El 27 de marzo de 1871 un grupo de kawésqar era acusado del robo de algunas reses instaladas en Agua Fresca, al sur de Punta Arenas, por lo que el gobernador de Magallanes Oscar Viel decidió enviar una expedición de castigo. A continuación se produjo un desigual combate, puesto que los indígenas no tenían más armas que sus arpones para pescar: fueron asesinadas a balazos seis personas y capturados doce niños. El gobernador, aunque lamentó las muertes, confesará: "Avisado en momento oportuno, envié una expedición contra ellos, que logró destruirles tres canoas matando algunos de ellos". No tenemos fotografías de loskawésqar de Agua Fresca pero sí contamos con un grabado aparecido en el libro "Notes on the Natural History of the Strait of Magellan" de Robert O. Cunningham, publicado ese mismo año. Así es como vieron los marineros británicos a este pacífico pueblo, a bordo de sus dalcas donde siempre humeaba un fuego, dueños hasta entonces de los canales e islas de Magallanes (27 de marzo de 2016).


8 de septiembre de 2016

El genocidio selk'nam a través de los testimonios de la época

Antes de la llegada de los colonizadores, la población selk’nam que habitaba la Tierra del Fuego podía estimarse en alrededor de tres o cuatro mil personas. A partir de 1886, con la instalación de los terratenientes ganaderos (Menéndez, Braun, Stubenrauch y otros), este pueblo ancestral comienza a ser hostigado sin piedad hasta el extremo de que solamente sobreviven unos centenares de mujeres, hombres y niños. El sacerdote Alberto María De Agostini, uno de los mayores conocedores de la isla y que habló con los supervivientes, escribió: “El principal agente de la rápida extinción de los Onas fue la persecución despiadada y sin tregua que les hicieron los estancieros por medio de peones ovejeros, los cuales estimulados y pagados por los patronos, los cazaban sin misericordia a tiros de winchester o los envenenaban con estricnina, a punto de casi exterminarlos, hasta quedar como únicos dueños de los campos primeramente ocupados por los aborígenes. Se llegó a pagar una libra esterlina por par de oreja de indios. Al aparecer con vida algunos desorejados, se cambió la oferta: una libra por par de testículos". Un testimonio contemporáneo de la época, silenciado por la historia oficial y suficientemente revelador de cómo en aquellos años muchos ya levantaron la voz contra el genocidio. En la bella fotografía, tres mujeres selk'nam; Ángela Loij en el centro (17 de octubre de 2015).



El explorador sueco Nils Otto Gustav Nordenskjöld visitó la Tierra del Fuego en 1895. Mientras preparaba la expedición al Polo Sur, tuvo ocasión de recorrer la isla y constatar el alarmante descenso de la población selk’nam. Al respecto escribió “este insignificante resto de la raza se extinguirá pronto si no se hace nada para impedirlo. Los onas se ven perseguidos en todas partes por los colonizadores”. El explorador sueco sabía perfectamente de lo que hablaba, puesto que él mismo pudo examinar tres esqueletos de selk’nam que habían sido asesinados por empleados de la estancia Springhill, propiedad de Sara Braun y de los ingleses Wood & Waldron, con un tiro en la cabeza realizado a muy corta distancia. Se trata de un testimonio estremecedor que demuestra la falta de escrúpulos del puñado de terratenientes que se quedaron con sus tierras y para los que los habitantes originarios no eran otra cosa que una plaga a exterminar. En la fotografía, Khaushél con sus hijos (16 de abril de 2015).




En 1897 llegarán a Tierra del Fuego un grupo de expedicionarios belgas dirigidos por Adrien de Gerlache, cuyo cometido era reconocer y explorar las regiones polares. Sin embargo, antes de partir hacia la Antártida, el tiempo pasado en tierra les permitió conocer de primera mano la persecución de la que eran objeto los selk’nam. De Gerlache señaló: “la caza indiscriminada de los guanacos es un complemento, menos odioso que la caza del hombre pero no menos efectivo, de la obra de exterminio de los indios”. Entre los tripulantes de la “Belgica”, se encontraba el noruego Roald Amundsen, que en 1911 se convertiría en el primer hombre en alcanzar el polo sur, y el médico norteamericano Frederick Albert Cook, autor de esta fotografía (2 de marzo de 2015).




A finales del siglo XIX en la Tierra del Fuego, en el extremo más austral de América, muchos empleados de las estancias se convirtieron en verdaderos especialistas en la “caza de indios”, rivalizando entre sí en tan macabra actividad. Las evidencias que apuntan hacia un genocidio del pueblo selk'nam, planificado por los terratenientes dueños de las haciendas lanares y ejecutado por sus empleados, son aplastantes; cartas, informes, documentos y relatos de los que ordenaron, participaron o fueron testigos de estas brutales acciones. Como por ejemplo, la carta que en 1898 el escocés James C. Robbins, empleado de la estancia Primera Argentina, propiedad de José Menéndez, dirigió a un amigo suyo: “tenemos quince soldados aquí cuyo deber es cazar indios. Ocho de nosotros salimos de aquí una noche y viajamos al sur, pasado Punta María, con un indio que nos guía, llegamos al punto más cercano al campamento indio, dejamos los caballos y caminamos una hora y veinte minutos a través del monte y pillamos alrededor de setenta. Voy a correr el velo sobre los siguientes cinco minutos y dejarlo que suponga el resto”. Los selk'nam solamente podían defenderse con sus arcos y flechas, inútiles frente a las mortíferas balas, lo que explica que hubiera tan pocos supervivientes. En la imagen, la célebre fotografía de Alberto María de Agostini (30 de junio de 2015).



Una libra esterlina por cada oreja de selk'nam. Ese era el precio que los grandes terratenientes ganaderos de Tierra del Fuego pagaban a sus empleados para que acabaran con los habitantes originarios de la isla. Este bárbaro proceder está suficientemente documentado en multitud de testimonios de viajeros de finales del siglo XIX. Así lo asegura el geógrafo francés Paul Walle, “no hay ninguna exageración en esto porque hemos visto el regreso de estas partidas de caza”, y lo confirma Lucas Bridges que conoció a algunos de los más famosos cazadores de indios a los que, sin embargo, protege en su libro ocultando sus nombres. Según el testimonio de Federico Echeuline, hijo de madre selk’nam, "las mujeres tenían un precio mayor, libra y media por cada seno cortado", asegurándose de este modo los hacendados la eliminación de la generación selk’nam todavía por nacer. James Radbourne, que trabajó en la estancia Springhill como ovejero, nos dejó estremecedores relatos de las cacerías humanas lideradas por un hombre cruel llamado Mac Donald que “no gastaba balas en los viejos ni en las mujeres que eran dejados atrás sin defensa por los otros indios, pero saltaba de su caballo y acuchillaba a todos los que podía atrapar, viejos o jóvenes, hombres o mujeres”. Aunque el récord lo ostentaba el administrador de la estancia de José Menéndez, otro escocés, el temible Alexander Mac Lennan, apodado “chancho colorado”. No olvidemos que la despiadada persecución perseguía un único fin: arrebatarles a los selk’nam sus tierras para que un puñado de privilegiados se hicieran ricos con la explotación de las ovejas. En la fotografía, tomada por Martin Gusinde en 1923, vemos a una de las familias selk'nam que sobrevivió a las cacerías (18 de diciembre de 2015).




En 1868 el antropólogo alemán Georg Gerland publicó "Über das Aussterben der Naturvölker" (Sobre la extinción de los pueblos primitivos) donde escribía que "no existe ninguna ley natural por la cual los pueblos indígenas deban desaparecer. Si los derechos de los nativos fuesen respetados, seguirían viviendo". Gerland también desechaba la teoría que aseguraba que desaparecían por su intrínseca debilidad y concluía que "se los mata, se los destierra, se los proletiza y se destruye su estructura social" aplicando la violencia de los fuertes sobre los débiles con un único objetivo: "quedarse con su tierra". Eso fue lo que sucedió, medio siglo después, en la isla grande de Tierra del Fuego. Allí, los ganaderos terratenientes llevaron a cabo una brutal persecución contra los selk'nam, que a punto estuvo de provocar la casi total aniquilación de este pueblo legendario (9 de enero de 2015).






26 de agosto de 2016

Yaganes de Tierra del Fuego; los apuntes del doctor Hyades

Paul-Daniel-Jules Hyades fue el médico de la famosa expedición francesa al Cabo de Hornos de 1882/83, autor de artículos, observaciones y relatos de gran valor etnográfico sobre los yaganes que habitan en Tierra del Fuego.
Para la época en que “La Romanche” fondeó en bahía Orange, septiembre de 1882, el único establecimiento occidental permanente era la misión anglicana de Ushuaia, frente al canal Onashaga, lugar que Hyades visitó en repetidas ocasiones. Médico de profesión, advirtió rápidamente que los yaganes que vivían asilados en la misión estaban enfermos y su débil aspecto contrastaba con la imagen saludable de los hombres, mujeres y niños que vivían al modo nómada tradicional: “la tisis pulmonar es rara entre los fueguinos que viven al aire libre; pero es muy frecuente entre los que habitan la misión inglesa, que han adquirido costumbres sedentarias y que viven encerrados”. 


Niñas yámana a bordo del barco francés La Romanche
A pesar de estas aplastantes evidencias, el pastor inglés Thomas Bridges se empeñó en atribuir la gran mortandad a la rigurosidad del clima y mantuvo inalterable su modelo de establecimiento misionero, hasta que los yaganes que allí vivían se vieron afectados por violentas epidemias de tuberculosis que diezmaron su población. Hay que tener en cuenta que estas epidemias se producen antes de la llegada de los marinos argentinos del comandante Augusto Lasserre, que fundarán la prefectura de Ushuaia el 12 de octubre de 1884, y a los que erróneamente se acusa de ser los portadores de los virus, leyenda extendida quizá para exculpar a los misioneros de su responsabilidad.


Embarcación yámana en primer plano y La Romanche al fondo, 1882

Merece la pena hacer públicos los apuntes del doctor Hyades, que fueron publicados en 1884 con el título "Notes hygiéniques et médicales sur les fuégiens de l'archipel du Cap Horn" y que traducimos al español por primera vez. Este extracto trata sobre el pernicioso efecto sobre la salud de los yagán de las misiones religiosas. Se trata de un testimonio de inmenso valor, puesto que Hyades fue contemporáneo de los acontecimientos de los que habla. 
En primer lugar, el doctor describe la vitalidad y robustez de los yaganes que viven en libertad, en los alrededores de Bahía Orange, donde prácticamente no existen enfermedades:

“No existen enfermedades específicas de los fueguinos. En bahía Orange pudimos observar muy puntualmente enfermedades locales o generales. En cuanto a las enfermedades locales, no encontré más que un caso de iritis endémica doble con adherencias y opacidades de la córnea, en un anciano que sin embargo había conservado la suficiente visión como para conducirse perfectamente. Añadiría que los fueguinos tienen una agudeza visual satisfactoria, sin alcanzar el grado extraordinario que se atribuye a ciertos pueblos salvajes, y que están, en general, dotados de una gran capacidad de adaptación. En cuanto a la conjuntivitis, que se supone frecuente debido al contacto con el humo de la choza, no he encontrado ni un solo caso. Se quejan con bastante frecuente de dolor de cabeza, que se disipa habitualmente al cabo de unas horas. No es extraño encontrar, sobre todo entre las mujeres, amigdalitis, que desaparece en 2 o 3 días. Las enfermedades de los órganos respiratorios, y especialmente la bronquitis, son muy raras, nunca van acompañadas de fiebre y no evolucionan al estado crónico. No he visto ni pleuresías ni neumonías. Tampoco he encontrado lesiones del aparato circulatorio. Las afecciones intestinales, muy raras, provocan diarrea después de comidas copiosas y mal digeridas. No he observado ni una sola enfermedad cancerosa.
Las enfermedades más comunes entre los fueguinos son, sin duda alguna, los dolores reumáticos, muy raramente agudos, y las artritis monoarticulares, que se terminan con la recuperación. He visto varios casos graves de flemones e inflamaciones, que se curan por resolución, y un caso de gangrena en la pierna y el pie, que causó la muerte de un adulto, único fallecimiento que observamos en bahía Orange durante el año de nuestra estancia. Este es el resumen de las patología de los fueguinos que viven en estado natural. No conocen ni la gota, ni la locura u otras enfermedades nerviosas, ni las fiebres exantemáticas (varicela, rubéola, escarlatina), ni el escorbuto, ni las afecciones tifoideas, ni la malaria, y jamás he escuchado hablar de casos de difteria”.


Los misioneros anglicanos Whaits y su esposa con los niños yámanas asilados en la misión
A continuación, el médico relata el desolador panorama sanitario de los yaganes que habitan en la misión de Ushuaia:

“En el canal Beagle, en el establecimiento de los misioneros ingleses de Ushuaia, pude constatar, en noviembre de 1882, enfermedades de todo tipo: 1 caso de histeria, 3 casos de anemia, 1 glaucoma agudo, 1 metritis uterina, 1 neumonía grave, 1 periostitis y 38 casos de tuberculosis, de los 15 estaban muy avanzado. (…) La tisis pulmonar es muy frecuente entre los fueguinos que viven en la misión inglesa de Ushuaia. Esta misión fue fundada en 1869; casi todos los meses se publican en Londres sus noticias en el South American Missionary Magazine, donde nos ha resultado muy sencillo encontrar informaciones sobre el estado sanitario de la pequeña colonia anglo-fueguina que cuenta entre 150 y 300 habitantes indígenas. De este modo podemos tener la certeza que hasta 1881 la mortalidad era escasa y las enfermedades muy ocasionalmente mencionadas. En es noviembre de 1881 que, por primera vez, se reciben en Londres malas noticias sobre el estado sanitario de los indígenas; muchos de ellos se quejan de su salud y se anuncia un gran número de muertes entre los fueguinos de los alrededores de Ushuaia. En 1882, en el establecimiento mismo de la misión inglesa, la tisis toma las proporciones de una enfermedad endémica, provocando el fallecimiento en solo unos días de 14 niños del orfanato, que contaba con 25 internos, haciendo perecer a un numero mayor de hombres adultos y provocando la consternación entre los misioneros, que no saben a qué atribuir esta suerte de epidemia que afecta sobre todo a las mucosas de la laringe y de los bronquios. Anotan en 1883: “Durante el último año (1882) la enfermedad continuada y la mortandad han sobrepasado todo lo que habíamos visto hasta la fecha. Sentimos vivamente la pérdida de tantos indígenas bautizados. Nos parece imposible descubrir las causas de una letalidad tan grande entre los indígenas. En algunos casos, familias enteras han sido diezmadas por la muerte; los fueguinos se encuentran en general en un estado de gran debilidad”.


Yámana preparando su arpón para pescar

Hyades concluye con una cita premonitoria que, tristemente, se hará realidad poco tiempo después al ser diezmado el pueblo yagán por las enfermedades:

“Los acontecimientos actuales hacen prever en breve plazo la desaparición de la tribu fueguina, debido al contacto con los elementos civilizadores. Su desaparición total de la superficie de la tierra no es más que una cuestión de algunos años: no son más de trescientos o cuatrocientos en la actualidad. Perecen simplemente a causa de las enfermedades importadas por la gente civilizada y que evolucionan en un terreno virgen con una violencia implacable”.

Por suerte, hubo supervivientes y hoy los yaganes luchan por salir del aislamiento y la discriminación y reivindican su valiosa cultura y sus tradiciones, de las que Cristina Calderón es su mejor embajadora. En cuanto a Thomas Bridges, en 1886 “colgó” los hábitos y se convirtió en próspero estanciero; hoy sus descendientes son propietarios de miles de hectáreas en Tierra del Fuego.


Muchachas yámanas, en el centro Kamanakar Kipa

Nota: todas las fotografías son de los años 1882 y 1883 y proceden de la colección Mission scientifique Cap Horn, conservada en el Museo Quai Branly de París, siendo sus autores Edmond Payen y Jean-Louis Doze.