8 de septiembre de 2016

El genocidio selk'nam a través de los testimonios de la época

Antes de la llegada de los colonizadores, la población selk’nam que habitaba la Tierra del Fuego podía estimarse en alrededor de tres o cuatro mil personas. A partir de 1886, con la instalación de los terratenientes ganaderos (Menéndez, Braun, Stubenrauch y otros), este pueblo ancestral comienza a ser hostigado sin piedad hasta el extremo de que solamente sobreviven unos centenares de mujeres, hombres y niños. El sacerdote Alberto María De Agostini, uno de los mayores conocedores de la isla y que habló con los supervivientes, escribió: “El principal agente de la rápida extinción de los Onas fue la persecución despiadada y sin tregua que les hicieron los estancieros por medio de peones ovejeros, los cuales estimulados y pagados por los patronos, los cazaban sin misericordia a tiros de winchester o los envenenaban con estricnina, a punto de casi exterminarlos, hasta quedar como únicos dueños de los campos primeramente ocupados por los aborígenes. Se llegó a pagar una libra esterlina por par de oreja de indios. Al aparecer con vida algunos desorejados, se cambió la oferta: una libra por par de testículos". Un testimonio contemporáneo de la época, silenciado por la historia oficial y suficientemente revelador de cómo en aquellos años muchos ya levantaron la voz contra el genocidio. En la bella fotografía, tres mujeres selk'nam; Ángela Loij en el centro (17 de octubre de 2015).



El explorador sueco Nils Otto Gustav Nordenskjöld visitó la Tierra del Fuego en 1895. Mientras preparaba la expedición al Polo Sur, tuvo ocasión de recorrer la isla y constatar el alarmante descenso de la población selk’nam. Al respecto escribió “este insignificante resto de la raza se extinguirá pronto si no se hace nada para impedirlo. Los onas se ven perseguidos en todas partes por los colonizadores”. El explorador sueco sabía perfectamente de lo que hablaba, puesto que él mismo pudo examinar tres esqueletos de selk’nam que habían sido asesinados por empleados de la estancia Springhill, propiedad de Sara Braun y de los ingleses Wood & Waldron, con un tiro en la cabeza realizado a muy corta distancia. Se trata de un testimonio estremecedor que demuestra la falta de escrúpulos del puñado de terratenientes que se quedaron con sus tierras y para los que los habitantes originarios no eran otra cosa que una plaga a exterminar. En la fotografía, Khaushél con sus hijos (16 de abril de 2015).




En 1897 llegarán a Tierra del Fuego un grupo de expedicionarios belgas dirigidos por Adrien de Gerlache, cuyo cometido era reconocer y explorar las regiones polares. Sin embargo, antes de partir hacia la Antártida, el tiempo pasado en tierra les permitió conocer de primera mano la persecución de la que eran objeto los selk’nam. De Gerlache señaló: “la caza indiscriminada de los guanacos es un complemento, menos odioso que la caza del hombre pero no menos efectivo, de la obra de exterminio de los indios”. Entre los tripulantes de la “Belgica”, se encontraba el noruego Roald Amundsen, que en 1911 se convertiría en el primer hombre en alcanzar el polo sur, y el médico norteamericano Frederick Albert Cook, autor de esta fotografía (2 de marzo de 2015).




A finales del siglo XIX en la Tierra del Fuego, en el extremo más austral de América, muchos empleados de las estancias se convirtieron en verdaderos especialistas en la “caza de indios”, rivalizando entre sí en tan macabra actividad. Las evidencias que apuntan hacia un genocidio del pueblo selk'nam, planificado por los terratenientes dueños de las haciendas lanares y ejecutado por sus empleados, son aplastantes; cartas, informes, documentos y relatos de los que ordenaron, participaron o fueron testigos de estas brutales acciones. Como por ejemplo, la carta que en 1898 el escocés James C. Robbins, empleado de la estancia Primera Argentina, propiedad de José Menéndez, dirigió a un amigo suyo: “tenemos quince soldados aquí cuyo deber es cazar indios. Ocho de nosotros salimos de aquí una noche y viajamos al sur, pasado Punta María, con un indio que nos guía, llegamos al punto más cercano al campamento indio, dejamos los caballos y caminamos una hora y veinte minutos a través del monte y pillamos alrededor de setenta. Voy a correr el velo sobre los siguientes cinco minutos y dejarlo que suponga el resto”. Los selk'nam solamente podían defenderse con sus arcos y flechas, inútiles frente a las mortíferas balas, lo que explica que hubiera tan pocos supervivientes. En la imagen, la célebre fotografía de Alberto María de Agostini (30 de junio de 2015).



Una libra esterlina por cada oreja de selk'nam. Ese era el precio que los grandes terratenientes ganaderos de Tierra del Fuego pagaban a sus empleados para que acabaran con los habitantes originarios de la isla. Este bárbaro proceder está suficientemente documentado en multitud de testimonios de viajeros de finales del siglo XIX. Así lo asegura el geógrafo francés Paul Walle, “no hay ninguna exageración en esto porque hemos visto el regreso de estas partidas de caza”, y lo confirma Lucas Bridges que conoció a algunos de los más famosos cazadores de indios a los que, sin embargo, protege en su libro ocultando sus nombres. Según el testimonio de Federico Echeuline, hijo de madre selk’nam, "las mujeres tenían un precio mayor, libra y media por cada seno cortado", asegurándose de este modo los hacendados la eliminación de la generación selk’nam todavía por nacer. James Radbourne, que trabajó en la estancia Springhill como ovejero, nos dejó estremecedores relatos de las cacerías humanas lideradas por un hombre cruel llamado Mac Donald que “no gastaba balas en los viejos ni en las mujeres que eran dejados atrás sin defensa por los otros indios, pero saltaba de su caballo y acuchillaba a todos los que podía atrapar, viejos o jóvenes, hombres o mujeres”. Aunque el récord lo ostentaba el administrador de la estancia de José Menéndez, otro escocés, el temible Alexander Mac Lennan, apodado “chancho colorado”. No olvidemos que la despiadada persecución perseguía un único fin: arrebatarles a los selk’nam sus tierras para que un puñado de privilegiados se hicieran ricos con la explotación de las ovejas. En la fotografía, tomada por Martin Gusinde en 1923, vemos a una de las familias selk'nam que sobrevivió a las cacerías (18 de diciembre de 2015).




En 1868 el antropólogo alemán Georg Gerland publicó "Über das Aussterben der Naturvölker" (Sobre la extinción de los pueblos primitivos) donde escribía que "no existe ninguna ley natural por la cual los pueblos indígenas deban desaparecer. Si los derechos de los nativos fuesen respetados, seguirían viviendo". Gerland también desechaba la teoría que aseguraba que desaparecían por su intrínseca debilidad y concluía que "se los mata, se los destierra, se los proletiza y se destruye su estructura social" aplicando la violencia de los fuertes sobre los débiles con un único objetivo: "quedarse con su tierra". Eso fue lo que sucedió, medio siglo después, en la isla grande de Tierra del Fuego. Allí, los ganaderos terratenientes llevaron a cabo una brutal persecución contra los selk'nam, que a punto estuvo de provocar la casi total aniquilación de este pueblo legendario (9 de enero de 2015).






26 de agosto de 2016

Yaganes de Tierra del Fuego; los apuntes del doctor Hyades

Paul-Daniel-Jules Hyades fue el médico de la famosa expedición francesa al Cabo de Hornos de 1882/83, autor de artículos, observaciones y relatos de gran valor etnográfico sobre los yaganes que habitan en Tierra del Fuego.
Para la época en que “La Romanche” fondeó en bahía Orange, septiembre de 1882, el único establecimiento occidental permanente era la misión anglicana de Ushuaia, frente al canal Onashaga, lugar que Hyades visitó en repetidas ocasiones. Médico de profesión, advirtió rápidamente que los yaganes que vivían asilados en la misión estaban enfermos y su débil aspecto contrastaba con la imagen saludable de los hombres, mujeres y niños que vivían al modo nómada tradicional: “la tisis pulmonar es rara entre los fueguinos que viven al aire libre; pero es muy frecuente entre los que habitan la misión inglesa, que han adquirido costumbres sedentarias y que viven encerrados”. 


Niñas yámana a bordo del barco francés La Romanche
A pesar de estas aplastantes evidencias, el pastor inglés Thomas Bridges se empeñó en atribuir la gran mortandad a la rigurosidad del clima y mantuvo inalterable su modelo de establecimiento misionero, hasta que los yaganes que allí vivían se vieron afectados por violentas epidemias de tuberculosis que diezmaron su población. Hay que tener en cuenta que estas epidemias se producen antes de la llegada de los marinos argentinos del comandante Augusto Lasserre, que fundarán la prefectura de Ushuaia el 12 de octubre de 1884, y a los que erróneamente se acusa de ser los portadores de los virus, leyenda extendida quizá para exculpar a los misioneros de su responsabilidad.


Embarcación yámana en primer plano y La Romanche al fondo, 1882

Merece la pena hacer públicos los apuntes del doctor Hyades, que fueron publicados en 1884 con el título "Notes hygiéniques et médicales sur les fuégiens de l'archipel du Cap Horn" y que traducimos al español por primera vez. Este extracto trata sobre el pernicioso efecto sobre la salud de los yagán de las misiones religiosas. Se trata de un testimonio de inmenso valor, puesto que Hyades fue contemporáneo de los acontecimientos de los que habla. 
En primer lugar, el doctor describe la vitalidad y robustez de los yaganes que viven en libertad, en los alrededores de Bahía Orange, donde prácticamente no existen enfermedades:

“No existen enfermedades específicas de los fueguinos. En bahía Orange pudimos observar muy puntualmente enfermedades locales o generales. En cuanto a las enfermedades locales, no encontré más que un caso de iritis endémica doble con adherencias y opacidades de la córnea, en un anciano que sin embargo había conservado la suficiente visión como para conducirse perfectamente. Añadiría que los fueguinos tienen una agudeza visual satisfactoria, sin alcanzar el grado extraordinario que se atribuye a ciertos pueblos salvajes, y que están, en general, dotados de una gran capacidad de adaptación. En cuanto a la conjuntivitis, que se supone frecuente debido al contacto con el humo de la choza, no he encontrado ni un solo caso. Se quejan con bastante frecuente de dolor de cabeza, que se disipa habitualmente al cabo de unas horas. No es extraño encontrar, sobre todo entre las mujeres, amigdalitis, que desaparece en 2 o 3 días. Las enfermedades de los órganos respiratorios, y especialmente la bronquitis, son muy raras, nunca van acompañadas de fiebre y no evolucionan al estado crónico. No he visto ni pleuresías ni neumonías. Tampoco he encontrado lesiones del aparato circulatorio. Las afecciones intestinales, muy raras, provocan diarrea después de comidas copiosas y mal digeridas. No he observado ni una sola enfermedad cancerosa.
Las enfermedades más comunes entre los fueguinos son, sin duda alguna, los dolores reumáticos, muy raramente agudos, y las artritis monoarticulares, que se terminan con la recuperación. He visto varios casos graves de flemones e inflamaciones, que se curan por resolución, y un caso de gangrena en la pierna y el pie, que causó la muerte de un adulto, único fallecimiento que observamos en bahía Orange durante el año de nuestra estancia. Este es el resumen de las patología de los fueguinos que viven en estado natural. No conocen ni la gota, ni la locura u otras enfermedades nerviosas, ni las fiebres exantemáticas (varicela, rubéola, escarlatina), ni el escorbuto, ni las afecciones tifoideas, ni la malaria, y jamás he escuchado hablar de casos de difteria”.


Los misioneros anglicanos Whaits y su esposa con los niños yámanas asilados en la misión
A continuación, el médico relata el desolador panorama sanitario de los yaganes que habitan en la misión de Ushuaia:

“En el canal Beagle, en el establecimiento de los misioneros ingleses de Ushuaia, pude constatar, en noviembre de 1882, enfermedades de todo tipo: 1 caso de histeria, 3 casos de anemia, 1 glaucoma agudo, 1 metritis uterina, 1 neumonía grave, 1 periostitis y 38 casos de tuberculosis, de los 15 estaban muy avanzado. (…) La tisis pulmonar es muy frecuente entre los fueguinos que viven en la misión inglesa de Ushuaia. Esta misión fue fundada en 1869; casi todos los meses se publican en Londres sus noticias en el South American Missionary Magazine, donde nos ha resultado muy sencillo encontrar informaciones sobre el estado sanitario de la pequeña colonia anglo-fueguina que cuenta entre 150 y 300 habitantes indígenas. De este modo podemos tener la certeza que hasta 1881 la mortalidad era escasa y las enfermedades muy ocasionalmente mencionadas. En es noviembre de 1881 que, por primera vez, se reciben en Londres malas noticias sobre el estado sanitario de los indígenas; muchos de ellos se quejan de su salud y se anuncia un gran número de muertes entre los fueguinos de los alrededores de Ushuaia. En 1882, en el establecimiento mismo de la misión inglesa, la tisis toma las proporciones de una enfermedad endémica, provocando el fallecimiento en solo unos días de 14 niños del orfanato, que contaba con 25 internos, haciendo perecer a un numero mayor de hombres adultos y provocando la consternación entre los misioneros, que no saben a qué atribuir esta suerte de epidemia que afecta sobre todo a las mucosas de la laringe y de los bronquios. Anotan en 1883: “Durante el último año (1882) la enfermedad continuada y la mortandad han sobrepasado todo lo que habíamos visto hasta la fecha. Sentimos vivamente la pérdida de tantos indígenas bautizados. Nos parece imposible descubrir las causas de una letalidad tan grande entre los indígenas. En algunos casos, familias enteras han sido diezmadas por la muerte; los fueguinos se encuentran en general en un estado de gran debilidad”.


Yámana preparando su arpón para pescar

Hyades concluye con una cita premonitoria que, tristemente, se hará realidad poco tiempo después al ser diezmado el pueblo yagán por las enfermedades:

“Los acontecimientos actuales hacen prever en breve plazo la desaparición de la tribu fueguina, debido al contacto con los elementos civilizadores. Su desaparición total de la superficie de la tierra no es más que una cuestión de algunos años: no son más de trescientos o cuatrocientos en la actualidad. Perecen simplemente a causa de las enfermedades importadas por la gente civilizada y que evolucionan en un terreno virgen con una violencia implacable”.

Por suerte, hubo supervivientes y hoy los yaganes luchan por salir del aislamiento y la discriminación y reivindican su valiosa cultura y sus tradiciones, de las que Cristina Calderón es su mejor embajadora. En cuanto a Thomas Bridges, en 1886 “colgó” los hábitos y se convirtió en próspero estanciero; hoy sus descendientes son propietarios de miles de hectáreas en Tierra del Fuego.


Muchachas yámanas, en el centro Kamanakar Kipa

Nota: todas las fotografías son de los años 1882 y 1883 y proceden de la colección Mission scientifique Cap Horn, conservada en el Museo Quai Branly de París, siendo sus autores Edmond Payen y Jean-Louis Doze.






16 de julio de 2016

"Archipiélago (Tierra del Fuego)", de Ricardo Rojas

Ricardo Rojas, escritor y poeta argentino, fue quizá el intelectual que con más perspicacia analizó la situación de Tierra del Fuego desde una perspectiva contemporánea. En 1934, de enero a mayo, estuvo recluido en el penal de Ushuaia como preso político, tiempo que aprovechó para escribir sobre la realidad de la Tierra del Fuego argentina. Rojas denunció con energía el genocidio de los selk'nam, protestó contra la entrega ilimitada de tierras a un puñado de terratenientes, se quejó de las lamentables condiciones de vida de los penados y se lamentó de la inutilidad de las misiones, tanto anglicanas  como salesianas. Su libro "Archipiélago" (Editorial Südpol, 2012) es quizá la obra más lúcida sobre la historia de Tierra del Fuego y constituye un testimonio contemporáneo de los hechos de insustituible valor. Les extractamos aquí algunos de los párrafos más interesantes:

Sobre el genocidio indígena:

“Hay un gran dolor en aquella comarca argentina: el exterminio del indio, el régimen del presidio, el despilfarro de las tierras fiscales, el aislamiento geográfico, la esterilidad económica, la incuria oficial, la falta de estímulos de cultura y, como consecuencia de todo ello, la despoblación, la pobreza, la injusticia, la explotación internacional, la ausencia de la ciudadanía” (pág. 11).

“El exterminio del nativo es el punto doloroso de la historia fueguina, y de él arranca toda la iniquidad que ha sido, desde la llegada de la “civilización”, la obra del hombre blanco en esta isla trágica. Los despojaron de su tierra; los lanzaron a nuevas condiciones de vida sin ayuda alguna; los esclavizaron y enviciaron; les contagiaron inmundas pestes, y además los cazaron como si fueran animales” (pág. 87).


Dos Selk'nam prisioneros en Ushuaia, fotografía de Fernand Lahille de 1896
Sobre las misiones:

“La empresa evangélica de Bridges y de sus colaboradores en las Misiones del Beagle ha resultado estéril, porque no logró evitar la desaparición de las razas indígenas, y aun se dijera que la conversión civilizadora solo ha servido para extinguirlas. Bridges y Lawrence, en cambio, introdujeron aquí las primeras ovejas, traídas de Malvinas. La misión evangélica, en lo que tuvo de empresa espiritual y reducción salvadora para el indio fueguino, pereció sin lograr mayores frutos” (pág. 64).

“[los salesianos] hoy poseen allí varias leguas de tierra cedidas por el gobierno argentino, con miles de ovejas que esquilan los indios y que se faenan en el frigorífico anglochileno de Río Grande, del que dependen. La obra social en favor de los onas parece, en cambio, haber sido allí muy escasa” (pág. 73).


Niñas y monjas en la misión salesiana de Río Grande, fotografía de Lehmann-Nitsche, 1902

Sobre la toponimia fueguina

“En el caso de nuestra Tierra del Fuego debemos protestar nuevamente de que al indio no solo le hayan quitado su tierra los presuntos pobladores, sino de que, tras haberlo exterminado con verdadera crueldad, vayan borrando en el solar nativo los nombres de su idioma, descriptivos y eufónicos. En cuanto a designaciones más recientes, muchas obedecen a caprichos de exploradores europeos o a adulaciones palaciegas. El conjunto de la toponimia fueguina documenta los cataclismos de su historia, peores que los de su geografías” (pág. 34).

Sobre la Tierra del Fuego

“Lo que ha hecho y dejado de hacer la Argentina en cincuenta años sobre Tierra del Fuego se reduce, pues, a lo siguiente: el exterminio de una raza fuerte; el escándalo de la tierra que se le quitó al nativo; el Presidio, la rutina, el aislamiento, la despoblación, la falta de toda previsión civilizadora” (pág. 125).

“Hoy debemos desvanecer la leyenda negra, enseñando que la Isla del Fuego es rica, y una de las más hermosas del mundo, bien que contrasta con ello la obra de iniquidad que los hombres han realizado aquí desde que empezaron a gobernarla. Maldita es para los indios a quienes despojó y exterminó el invasor. Maldita es para los presidiarios que agonizan bajo un régimen anticuado y estéril. Maldita es para los peones sometidos a explotaciones sin entrañas”. (pág. 185).

“En la desventura de Tierra del Fuego han tenido más parte los hombres que la naturaleza. La leyenda negra que comenzó con Darwin subsistió por rutina o por ignorancia. Pero no todo fue ignorancia en esa perduración. Hubo también malicia. Acaso por los intereses creados de los latifundistas y explotadores de ovejas se prefirió que no viniera aquí mucha gente. Para eso convenía mantener la leyenda del clima funesto “ (pág. 204).


Prisioneros en el Penal de Ushuaia, óleo de Charles W. Furlong

Sobre el acaparamiento de tierras

“Los gobiernos han malbaratado la tierra pública para entregarla a latifundistas ausentes, verdaderos barones del Sur, con marina y moneda propias” (pág. 95).

“El vellocino está hoy en las pampas de Río Grande, donde pacen un millón de ovejas, de fina lana y carne gorda; pero a esas las faena un frigorífico local, con exclusivo provecho de sus accionistas extranjeros y de unos cuantos latifundistas felices, también ausentes. Los demás que aquí viven se resignan a ser peones, empleados del presidio o vagabundos soñadores” (pág. 145).

"Casi toda la llanura aprovechable ha sido entregada por precios irrisorios a unas pocas personas o sociedades anónimas cuyos adjudicatarios no residen en estas tierras. De los restantes lotes, muchos se atribuyen a personeros (llamados "palos blancos" en la jerga local), puestos por aquellos capitalistas. La "compañía" de tal o cual denominación encubre también a los mismos poderosos señores. La tierra aún retenida por el estado argentino es de insignificante extensión o se la considera inhabitable. Es inimaginable a qué sutilezas ha llegado la falsía en leyes, administraciones y peritajes, para el favoritismo de las tierras" (pág. 188).


Tierra del Fueo en 1917, con todas las tierras aptas para la ganadería en manos de 4 familias


Sobre la condiciones de los penados de Ushuaia:

“Salen aquellos leñadores todos los días a la madrugada para ser conducidos hasta el monte, distante tres leguas del establecimiento; viaje y trabajo que se realiza pese a la lluvia, el viento y la nieve (…) Los “leñadores” parten del presidio después de haber tomado un jarro de café negro sin pan; y sin más alimento, deben cortar leña en el monte hasta el mediodía. Al volver de la tarea matinal se les suministra el rancho y otra ración se les entrega en el presidio a las 18, al regresar de sus trabajos por la tarde” (pág. 111).

“Castigos, privación de comida o baños en la nieve, que a veces tuvieron para la víctima desenlaces funestos” (pág. 119).


Portada del libro, Editorial Südpol, 2012

12 de julio de 2016

Selk'nam, cazadores del viento


Como nómadas que eran, los selk'nam de Tierra del Fuego se desplazaban de un lugar a otro en función de la existencia de comida y de los itinerarios de los animales que cazaban. Del guanaco, su sustento principal, no desperdiciaban nada; comían su carne, usaban su piel para vestirse y otras partes del animal para confeccionar sus útiles domésticos. En sus desplazamientos, los selk'nam examinaban con atención las señales de la naturaleza y, sobre todo, estudiaban la dirección del viento que les permitía, por ejemplo, situarse en posición ventajosa antes de lanzar sus flechas. Fue precisamente su relación con la naturaleza lo que les permitió, durante miles de años, vivir armoniosamente en un entorno de clima riguroso que, para los colonizadores recién llegados, era desolado y hostil. A finales del siglo XIX, fueron perseguidos y expulsados de sus "haruwen" por los terratenientes ganaderos, sobreviviendo solamente unas decenas de personas. Como este veterano cazador, fotografiado en las cercanías de la misión de Río Grande, y que se aferra todavía a su arco. Con la dignidad intacta (14 de febrero de 2016).


Si la historia oficial se ocupó de hacer desaparecer la memoria de los pueblos originarios de la Patagonia, sus costumbres, su lengua, sus rituales, su forma de vida, la invisibilización de las mujeres indígenas fue todavía más absoluta. Sin embargo, en la sociedad selk'nam de Tierra del Fuego el papel de la mujer era extraordinariamente importante. Además de ocuparse de la crianza de los pequeños y de transmitirles las enseñanzas más valiosas, se dedicaban a la caza de roedores, como el tuco-tucu o cururo, y a la recolección de moluscos en las playas y de hongos, raíces y bayas en los bosques. De gran fuerza y complexion física, transportaban los palos y pieles para instalar la vivienda familiar, así como otros enseres domésticos necesarios para la vida diaria. Mientras, el hombre cazador se movía en pos del escurridizo guanaco. En la fotografía, tomada a principios del siglo XX, vemos a una mujer selk'nam llevando a su pequeño y cargando con la tienda (20 de mayo de 2015).


La base del mundo espiritual de los Selk'nam de Tierra del Fuego estaba formada por los elementos de la naturaleza que les rodeaba y por los cuerpos celestes que observaban por las noches. Poseían una religiosidad múltiple en la que Temáukel, el dador de vida, el origen de todo, ocupaba un lugar supremo, mientras que Kenós era el ser mitológico que repartió el mundo, entregándoles a los selk'nam la isla que habitaban. Provistos de un complejo ritual, la ceremonia que nos es más conocida era el "Hain", que escenificaba el paso de la juventud a la edad adulta y en la que los jóvenes "klokéten" recibían enseñanzas relacionadas con la historia, tradiciones y costumbres de su pueblo. Martin Gusinde, entre los meses de mayo y julio de 1923, fue capaz de captar con su cámara fotográfica la riqueza simbólica de los “espíritus” de la naturaleza e inmortalizó lo efímero de sus máscaras y pinturas corporales, con diseños lineales y geométricos de una notable potencia estética. Páhuil, Shéit, Télil, Wechùsh, Koshménk, Ulen (en la fotografía), K'ternen o Halahaches son algunos de los nombres de los espíritus selk'nam que nos hablan de la fabulosa y sorprendente riqueza cultural de este pueblo legendario (28 de febrero de 2016).


Los selk'nam de Tierra del Fuego vivieron durante siglos de manera pacífica. Para este pueblo nómada, las guerras eran desconocidas y sus armas se habían diseñado exclusivamente para la caza, nunca para matar a otros seres humanos. Sin embargo, a finales del siglo XIX fueron víctimas de una inusitada violencia, ejercida contra ellos por los terratenientes ganaderos. Sabemos que los selk'nam se defendieron valientemente, muriendo muchos de años aferrados a su arcos, que sin embargo se revelaron inútiles ante la potencia de fuego de los winchester de los empleados de las estancias. Solo hay constancia de una ocasión en la que los selk'nam salieron vencedores. El 16 de enero de 1896 cerca de San Sebastián, un grupo de hombres y mujeres se rebeló contra sus captores, que los trasladaban a la cárcel-misión salesiana de isla Dawson, matando a dos de ellos, Emilio Traslaviña y Edward Williamson. La alegría por la victoria duró poco, pues la policía argentina y los empleados de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego llevaron a cabo una sangrienta batida, que terminó con un número indeterminado de selk'nam asesinados y casi un centenar de prisioneros. Fernand Lahille, empleado del Museo de la Plata, pudo fotografiar al grupo de presos en Ushuaia. Como este joven muchacho, retratado delante de una sábana blanca como era costumbre en la fotografía antropométrica de la época, apoyado todavía en su manta de piel de guanaco, símbolo del final del modo de vida de un pueblo legendario (12 de marzo de 2016).


Desde muy pequeños, los jóvenes selk'nam se adiestraban en el empleo del arco y las flechas. La caza del guanaco era la actividad principal y requería de una gran habilidad, dado lo escurridizo de esos animales, siempre alerta y desconfiados. Ademas del alimento, el guanaco proveía a los selk’nam de su vestido y de otros elementos útiles para su vida diaria. Los arcos se fabricaban con madera de haya y las flechas llevaban en su parte final dos plumas que servían para evitar que se desviara su trayectoria. Los cazadores usaban también el "kóchil", un gorro triangular hecho de la piel del mismo animal y que les ayudaba a camuflarse. Los selk'nam era un pueblo pacífico que no tenía otras armas, lo que explica su rápido exterminio por parte de los cazadores armados de rifles. En la foto de Martin Gusinde, podemos ver a dos niños en las cercanías del lago Khami, donde se refugiaron los sobrevivientes de este pueblo milenario (24 de abril de 2016).


La etnóloga francesa Dominique Legoupil describe muy precisamente el sistema de caza del guanaco empleado por los selk’nam de Tierra del Fuego: “el cazador partía a la ventura ayudado de su conocimiento del territorio y de las costumbres de los guanacos. La fase de búsqueda era muy aleatoria y podía implicar largas marchas. En la aproximación, el cazador tenía la cabeza cubierta con un frontal de piel de guanaco cuya finalidad era tranquilizar a los animales. En el momento del tiro, dejaba caer su capa y tomaba varias flechas entre sus dientes, con el fin de recargar su arco rápidamente en caso de fallar. El tiro debía ser realizado de muy cerca, entre 20 y 30 metros, y acertar un órgano vital para evitar la huida del animal. En caso contrario, el cazador estaba obligado a una larga persecución, en la cual su perro participaba activamente, y que podía llevarle muy lejos de su campamento y forzarle a vivaquear sobre el terreno”. La introducción de las ovejas por parte de un puñado de grandes terratenientes (Menéndez, Braun, Bridges, Stubenrauch y Montes) significó la casi total aniquilación de estos cazadores legendarios, cuya población estaba estimada en 3.600 personas antes de la llegada de la colonización. Fotografía: Martin Gusinde (30 de diciembre de 2014).