3 de julio de 2016

Yaganes, dueños de los canales (2)

Charles Darwin se equivocó cuando en 1834 calificó al pueblo Yámana o Yagán como: “desdichados salvajes de talla escasa, rostro repugnante y cubierto de pintura blanca, piel sucia y grasienta, cabellos enmarañados, voz discordante y gestos violentos”. Años después el prestigioso naturalista reconoció que su juicio fue hecho a la ligera y que apenas entrevió a los yámana desde la cubierta del bergantín "Beagle", sin que tuviera ningún contacto con ellos que le permitiera formarse una correcta opinión. Y es que los yagán, el legendario pueblo nómada canoero que habitaba el laberinto de islas y canales al sur de Tierra del Fuego, se hicieron famosos por su excepcional capacidad de adaptación física a un medio riguroso con una climatología inclemente. Provistos de una talento natural para la orientación y de una visión prodigiosa, los yagán eran también excelentes pescadores y cazadores. Hasta la llegada de la “civilización” que acabó con su forma de vida, los yámana vivían en libertad absoluta y practicaban una igualdad perfecta, con una gran disposición a compartir lo que tenían con todos los que les rodeaban. Poseían una espiritualidad múltiple, inspirada por Watauineiwa, el creador, y las fuerzas de la naturaleza y en la que la ceremonia secreta de iniciación de los jóvenes ocupaba un lugar principal. En la bellísima foto, tomada en 1882 por los expedicionarios franceses, vemos a Athlinata a punto de lanzar su arpón (12 de diciembre de 2015).


La mayoría de las fotografías de los pueblos originarios de la Patagonia y Tierra del Fuego son anónimas, no sabemos nada de las personas retratadas, apenas la fecha en la que se tomó. Sin embargo, conocemos bien la historia de la muchacha yagán de la imagen. Se llamaba Kamanakar y vivía en los alrededores de bahía Orange, en la isla Hoste, en total libertad, desplazándose con su familia en sus embarcaciones de una isla a otra. Fue fotografiada en varias ocasiones a finales de 1882 por el teniente francés Edmond Payen. De gran belleza y rebosante de salud, se ganó rápidamente la admiración de los expedicionarios franceses por su inteligencia y simpatía. Sin embargo, sabemos por los escritos de Martial y Hyades que poco después fue "captada" por los misioneros anglicanos de Ushuaia y se trasladó a la misión donde, como la mayoría de los yámana asilados allí, enfermó rápidamente y murió de una terrible epidemia de sarampión. Hoy nos queda su mirada que nos llega a través del tiempo (10 de agosto de 2015).


Los yagán, el pueblo más austral de la Historia, hombres y mujeres que habitaron la zona más remota del planeta, recorriendo con sus canoas los canales e islas comprendidos entre la Tierra del Fuego y el Cabo de Hornos, casi a las puertas de la Antártida. Dedicados a la pesca y la recolección, se adaptaron prodigiosamente a un clima riguroso y vivieron durante miles de años en una sociedad igualitaria y pacífica, en la que los recursos escasos eran compartidos por todos. Antes de la llegada de los colonizadores y misioneros, su esperanza de vida estaba entre los 70 y 80 años de edad, mucho más elevada que la media europea de entonces. Ahora bien, la influencia de la “civilización” fue letal para ellos. Los yámana que se acercaban a la misión inglesa morían irremisiblemente debido a los brotes de tuberculosis y sarampión ocasionados por el hacinamiento en el que vivían y al aire viciado que respiraban. El carácter nocivo del establecimiento religioso para la salud de los indígenas ya fue advertido en la época por el doctor Hyades: “la tisis pulmonar es rara entre los fueguinos que viven al aire libre; pero es muy frecuente entre los que habitan la misión inglesa de Ushuaia, que han adquirido costumbres sedentarias y que viven encerrados”. Se calcula que hacia 1860, antes de la irrupción de exploradores y misioneros en su territorio, el pueblo yagán estaba formado por unas tres mil personas. Para 1913 quedaban menos de cien. En la bella fotografía, tomada en 1883, podemos ver a una anciana yagán con dos niñas (24 de enero de 2016).



En París se conservan algunas de las más importantes colecciones de fotografías históricas sobre la Patagonia, como la serie compuesta por centenares de instantáneas tomadas por los miembros de la Expedición francesa al Cabo de Hornos, de 1882-83. Los autores de las imágenes son los fotógrafos Jean-Louis Doze y Edmond-Joseph Payen y permiten contemplar a decenas de mujeres, hombres, niños y niñas del pueblo yagán, que vivían libremente en la región de Bahía Orange, al sur del canal Beagle. Los expedicionarios franceses también pudieron visitar la misión anglicana de Ushuaia del reverendo Thomas Bridges y constatar la perniciosa influencia que los misioneros ejercían sobre los yagán, obligándoles a cambiar sus hábitos nómadas y a vestir sus ropas, lo que a la postre resultó fatal para su modo de vida. Hoy en París he tenido el privilegio de visitar el Musée de l'Homme y el Quai Branly, donde se conserva la colección completa de fotografías. De entre todas las imágenes, destaco la identificada con el número de catálogo 2690. En ella podemos contemplar a un hombre yagán vestido con ropa europea pero que conserva en su rostro la pintura blanca propia de su pueblo. Y una mirada de inmensa tristeza que el paso del tiempo ha vuelto inmortal (21 de mayo de 2016).


El 5 de septiembre de cada año se celebra el Día Mundial de la Mujer Originaria y, para conmemorarlo, elegimos a la gran Cristina Calderón, una de las mujeres yaganes que más han influido en la memoria de su pueblo, transmitiendo su ancestral conocimiento, su lengua y sus costumbres. Tradicionalmente, los yagán habitaban los canales e islas del archipiélago fueguino, en un extenso territorio que iba desde el canal Beagle hasta el cabo de Hornos. La mujer tenía un papel protagonista en la cultura yagán puesto que, además de ocuparse de la crianza de sus hijos, era la encargada de la pesca de mariscos, esenciales para la dieta de este pueblo de cazadores-recolectores, y de conservar el fuego que llevaban permanentemente encendido en el fondo de su embarcación. Si los yagán sufrieron terriblemente con la llegada de los colonizadores, especialmente debido al cambio de hábitos que les impusieron los misioneros extranjeros, las mujeres de ese pueblo fueron las principales víctimas, sufriendo violaciones de los loberos o siendo obligadas a trabajar por los religiosos. La bella fotografía fue tomada por Grégoire Korganow en 2003, y refleja la sabiduría atesorada en ese rostro de mujer curtido por el viento incesante de la Patagonia (5 de septiembre de 2015).






30 de junio de 2016

Kawésqar, señores del mar

Los Kawésqar son un pueblo originario de la Patagonia, que habita desde hace miles de años los canales y penínsulas del suroeste de Chile, comprendidos entre el Golfo de Penas, el estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego. Nómadas canoeros que se alimentaban principalmente de mariscos, lobos marinos, nutrias, focas y ballenas, la familia kawésqar ocupaba una sencilla canoa donde transportaban las pieles, palos y cortezas para construir la choza y los utensilios necesarios para la caza y pesca. Al igual que sus vecinos yámana, en el fondo de la embarcación conservaban permanentemente encendido un pequeño fuego que llevaban consigo adondequiera que fuesen. Debido a la ubicación de su territorio sobre las islas y canales más transitados por los barcos que atravesaban el estrecho, fue un pueblo que sufrió tempranamente los encuentros con los primeros exploradores que a la postre resultaron letales para su modo de vida nómada. Hoy descendientes como Celina Llan Llan se muestran orgullosos de su cultura y tradiciones y mantienen viva la llama de su herencia ancestral. La foto es de Leon Durandin, de 1922 (2 de abril de 2015).


En 1946 llegaba a Magallanes en Chile un joven etnólogo francés llamado Joseph Emperaire. Su misión era llevar a cabo excavaciones arqueológicas con la finalidad de determinar la época del primer asentamiento del ser humano en esa región. En sus múltiples viajes, Emperaire nos legó también un excepcional estudio sobre el entorno y las costumbres de los kawésqar de Puerto Edén, incluyendo una valiosa colección de fotografías conservadas hoy en el Museo del Hombre de París. Desgraciadamente, el 12 de diciembre de 1958 Joseph Emperaire falleció al ser sepultado por un corrimiento de tierras mientras trabajaba en el sitio arqueológico de isla Riesco. Pero nos quedan sus excepcionales escritos y fotografías, como la de los niños kawésqar que juegan delante de una choza en construcción, mientras al fondo se balancea suavemente una de sus canoas. Su excepcional libro, "Los nómades del mar" está disponible en español (Editorial LOM) y en francés (Le serpent de mer) (10 de abril de 2015).


Siglos de violencia y abusos por parte de los navegantes europeos contra los pueblos originarios de la Patagonia provocaron la desconfianza de los kawésqar contra los "civilizados blancos" que transitaban por sus canales y archipiélagos. El escritor Gaston Lemay, que recorrió a finales de 1878 el estrecho de Magallanes, advirtió el gran temor que tenían las mujeres kawésqar a subir a bordo de los barcos, algo que solamente se atrevían a hacer los hombres. Lemay, con desagradable ironía interpretó correctamente la causa de este miedo, asegurando no tener dudas sobre “la galantería exagerada de los que pasaron por aquí antes que nosotros”. Se refería evidentemente a los abusos sexuales y violaciones de las que habían sido objeto estas mujeres por parte de las tripulaciones de los barcos y que no se habían borrado de la memoria colectiva de estos pueblos. En la fotografía, un hombre kawésqar a bordo de un barco sueco en 1884 mientras, sin duda alguna, su mujer y sus hijos permanecían en la canoa. Gracias a Diego de Paisanos Sur por ponerme sobre la pista (2 de junio de 2015).


Los kawésqar habitaban los canales, islas y fiordos del suroeste de Chile, entre el golfo de Penas y el estrecho de Magallanes. Era un pueblo nómada canoero que se alimentaba principalmente de mariscos, lobos marinos, nutrias, focas y ballenas. La familia kawésqar ocupaba una sencilla canoa donde transportaban las pieles, palos y cortezas para construir la choza y los utensilios necesarios para la caza y pesca. Al igual que sus vecinos yámana, en el fondo de la embarcación conservaban permanentemente encendido un pequeño fuego que llevaban consigo adondequiera que fuesen. Debido a la ubicación de su territorio sobre las islas y canales más transitados por los barcos que atravesaban el estrecho, fue un pueblo que sufrió tempranamente los encuentros con los primeros exploradores y marineros, lo que a la postre resultó fatal para su modo de vida. Sus descendientes hoy tratan de poner en valor sus tradiciones y costumbres. En la foto, una familia de kawésqar semi-vestidos con ropas europeas fotografiadas por Carl Skottsberg en 1907 en el Canal Smith (26 de junio de 2015).


En España la fotógrafa chilena Paz Errázuriz acaba de recibir el galardón más prestigioso del certamen PhotoEspaña 2015 por su trayectoria artística "de enorme honestidad, libertad y valentía". Paz es autora de un conjunto de fabulosas fotografías tomadas entre 1993 y 2002 en Puerto Edén, Chile, territorio kawésqar. Imágenes de gran fuerza expresiva, en las que sus protagonistas son "testigos de las grandes abominaciones del siglo veinte, rostros fisurados que buscan la mirada sensible del espectador" y que fueron compiladas en un libro publicado en 2006 por Editorial LOM "Kawésqar, hijos de la mujer sol", con prólogo del etnolingüista Óscar E. Aguilera. Un libro altamente recomendable y de gran calidad artística. Gracias al trabajo de las comunidades originarias, la cultura y tradiciones de los pueblos de América del Sur resurgen cada día con más fuerza (2 de julio de 2015).


25 de junio de 2016

Yaganes, dueños de los canales

“Salvajes”, “bárbaros”, “incivilizados”, así llamaron los primeros exploradores europeos al pueblo Yagán/Yámana que habitaba los canales e islas del archipiélago de Tierra del Fuego. Poco después se demostró que usaban un lenguaje mucho más rico que el inglés, tenían ceremonias espirituales muy complejas y vivían en una igualdad perfecta, donde todo se compartía y se aprovechaban los recursos del entorno sin esquilmar la naturaleza. Sin embargo, hoy esos calificativos pueden ser aplicados perfectamente a la persona que hace unos días “agredió” una de las fotografías expuestas en el Museo de Historia Natural de Chile, rayándola y garabateándola de una manera muy poco civilizada. No sabemos todavía cuáles eran sus intenciones, pero por si acaso, a través de las redes sociales, vamos a difundirla. Se trata de la imagen de una familia yámana, Athlinata con su mujer y sus dos hijos, tomada en Bahía Orange en 1882 por el teniente francés Jean-Louis Doze y cuya plancha original se conserva en el Musée du Quai Branly, en París. Y es de una gran belleza (28 de marzo de 2015).


Los Yámana son el pueblo más austral del mundo, ya que habitaron el extremo sur de la Tierra del Fuego, en el laberinto de islas que se extiende desde el canal Beagle hasta el Cabo de Hornos. Pueblo nómada canoero dedicado a la pesca, la caza de otáridos y aves marinas y la recogida de moluscos, se desplazaban continuamente en sus canoas fabricadas con corteza de guindo y en cuyo interior mantenían permanentemente un fuego encendido. Le debemos a los franceses de la Expedición al Cabo de Hornos 1882-1883 un valiosísimo testimonio fotográfico que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia y gracias al cual podemos estudiar hoy sus costumbres y sus tradiciones, de las que tan orgullosos se sienten sus descendientes. Una de las fotografías más bellas corresponde a una muchacha yámana sobre la cubierta del barco "La Romanche", que tomó el excepcional fotógrafo Jean-Louis Doze (18 de febrero de 2015).





La obsesión de los misioneros salesianos y anglicanos por “civilizar” a los pueblos originarios de América del Sur, por cubrir su desnudez y vestirlos con ropas occidentales, por cambiar sus costumbres nómadas y fijarlos a un lugar concreto, por tratar de inculcarles el hábito de trabajar, siempre en provecho de esos mismos religiosos, supuso desde finales del siglo XIX una hecatombe que se llevó por delante a kawésqar, aónikenk, yámana, haush y selk’nam. Miles de personas murieron a causa de las enfermedades, que se cebaron especialmente en los niños hacinados en las misiones de Dawson, Río Grande y Ushuaia. Otros fueron víctimas de las persecuciones de los terratenientes, cuyos empleados mataban a los hombres que trataban de defender a sus familias. Los supervivientes tuvieron que renunciar a su cultura milenaria, a su modo de vida tradicional, a su lengua y costumbres, y fueron asimilados por una sociedad que los discriminó inmediatamente por ser “indios”. Hoy en la Patagonia la diversidad étnica es un valor y a lo largo y ancho del inmenso territorio un sentimiento de identidad y pertenencia avivado por sus orgullosos descendientes recorre como el viento hasta el último rincón. Con la misma determinación con la que nos miraban hace cien años enfundados en sus ropas europeas (20 de abril de 2015).




Los testimonios en lengua yámana o yagán recogidos por la etnóloga Anne Chapman arrojan mucha luz sobre la causa real de la casi completa desaparición de este pueblo milenario, que habitaba entre el canal Beagle y el cabo de Hornos. La razón no fue otra que la transmisión de enfermedades propagadas por los europeos. Hermelinda Acuña hablaba al respecto de los misioneros anglicanos: “había que hacer lo que ellos ordenaban. Daban ropas y los que se vestían con esas ropas, poco después desaparecían muertos”. Cristina Calderón, la única yámana que sobrevive hoy en día, completa el relato: “se ponían enfermos por contagio, decían que las ropas traían enfermedades”. Aunque los yámana no pudieron comprender con precisión qué era lo que estaba sucediendo, sí identificaron correctamente que el contacto con los colonizadores era la causa de la muerte de hombres, mujeres y niños. En la foto, una familia de yámana en 1882 semicubiertos con ropas europeas en el Canal Franklin (12 de junio de 2015).





En el verano de 1834 un joven naturalista inglés llamado Charles Darwin anotaba en su diario: “esos desdichados salvajes tienen la talla escasa, el rostro repugnante y cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos. Cuando se ve a tales hombres, apenas puede creerse que sean seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros”. Estas despectivas palabras de Darwin, en las que todavía no se adivina al hombre de ciencia en que llegaría a convertirse, trataban de describir a un grupo de yámana, avistados a duras penas desde el puente del bergantín "Beagle" en las cercanías de las islas Wollaston. Sin embargo, este pueblo ancestral supo vivir durante milenios en perfecta adaptación a un medio climático muy riguroso, moviéndose en libertad por los canales e islas del archipiélago al sur de Tierra del Fuego y compartiendo los recursos de la naturaleza. Hasta la llegada de la “civilización”, que terminó con su forma de vida y su existencia nómada. Hoy nos queda Cristina Calderón, la última hablante yámana, una mujer de gran fuerza vital que atesora la herencia de todo un pueblo (1 de julio de 2015).