12 de febrero de 2015

Mi estantería patagónica (II)

Viernes, comienzo del fin de semana, un momento perfecto para dirigirse a nuestra librería preferida y elegir pausadamente un libro. Déjense guiar por la librera, que nos acompañará sin prisas por los anaqueles y estantes. Si se decantan por la Historia de la Patagonia, me permito recomendarles otros cuatro títulos imprescindibles y que sirvieron para completar la bibliografía de Menéndez, rey de la Patagonia.

"Pedagogía de la desmemoria"

Uno de los libros que más ha influido en mi visión de la historia contemporánea de la Patagonia ha sido "Pedagogía de la desmemoria" del profesor argentino Marcelo Valko. El autor analiza la dicotomía civilización/barbarie que servirá de justificación a los gobernantes de la Argentina de finales del siglo XIX para invisibilizar a los pueblos originarios y llevar a cabo contra ellos su sangrienta "Campaña del Desierto". Valko demuestra, además, que las enormes extensiones de tierras se las quedaron para sí un puñado de codiciosos terratenientes: “la idea de entregarla a los inmigrantes ávidos de tierra propia para trabajar, queda en nada; todo se lo engulle el círculo de amigos del poder”. Un gran libro que recomiendo vivamente, con prólogo de Osvaldo Bayer.


"Los dueños de la tierra en la Patagonia austral"

Un libro imprescindible para entender el sistema de reparto y la formación del latifundismo en el sur de América es “Los dueños de la tierra en la Patagonia Austral, 1880-1920” de la doctora Elsa Mabel Barbería. La historiadora argentina analiza el avance de la “frontera ovina” llevando a cabo un estudio minucioso y detallista que le ocupó doce años, demostrando que “en Santa Cruz a mejores tierras correspondieron menores precios y exigencias, mayores posibilidades de acceso a la propiedad, grandes superficies, escasas inversiones y libre elección del sitio”. La tierra arrebatada al pueblo tehuelche pasó a ser propiedad de los grandes terratenientes que, tanto en Chile como en Argentina, monopolizaron millones de hectáreas en su poder. Editado en 1995 por la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, es de consulta obligada para todo aquel que pretenda estudiar la Historia de la Patagonia.



"La masacre de la Federación Obrera de Magallanes"

A medida que avanzaba en el estudio de la historia moderna de la Patagonia me daba cuenta de que apenas encontraba información sobre unos protagonistas esenciales de esa historia, la clase obrera, los hombres y mujeres que construyeron las calles y edificios de Punta Arenas, que trabajaron la temporada de la esquila, estibadores que descargaban las mercancías en el muelle, obreros de los frigoríficos, etc. Por suerte una amiga historiadora me recomendó el libro del chileno Carlos Vega Delgado “La masacre en la federación obrera de Magallanes”. Se trata de una concienzuda investigación donde el autor nos narra cómo llegaron las ideas proletarias a Magallanes, que permitieron la creación de una clase obrera consciente y organizada, capaz de grandes protestas que fueron sofocadas a sangre y fuego por los detentadores del poder político y económico. Una lucha que, en Puerto Natales, “logró tocar, por un segundo, el cielo con las manos”. El libro se publicó por vez primera en 1996 aunque yo he consultado la 2ª. edición de 2002, por Editorial Atelí. Excelente trabajo.



"Un viaje sin retorno, Brac-Punta Arenas"

En mis viajes a Punta Arenas (Chile) me llamó poderosamente la atención la enorme importancia de la comunidad de origen croata existente en la región, que puede identificarse por sus apellidos generalmente terminados en “ic”. Entre sus más notables representantes se encuentran los diputados Boric y Goic, el historiador Martinic o el escritor Díaz Eterovic. Para saber un poco más de la apasionante historia de estas mujeres y hombres obligados a dejar su tierra natal, asolada por la pobreza y ocupada por los austríacos, para instalarse en el otro confín del mundo, compré en Librería Entrepáginas el libro "Un viaje sin retorno", en el que el autor puntarenense Marco Barticevic Sapunar narra la epopeya de los emigrantes de la isla de Brač en Dalmacia, que llegaron a Magallanes hace ahora cien años, contribuyendo decisivamente al progreso de la ciudad con su esforzado trabajo. Fueron, por ejemplo, lo que empedraron las calles. Libro muy recomendable y esperamos que sigan apareciendo estudios sobre esta comunidad tan importante.


30 de enero de 2015

THE CLINIC: Menéndez, el estanciero que barrió con los selk’nam


En el último número del semanario "THE CLINIC", publicado el jueves 22 de enero de 2015, se incluye una entrevista al respecto de la publicación en Chile y Argentina del libro "Menéndez, rey de la Patagonia" (Editoriales Catalonia y Losada). La transcribo en las páginas de este blog.




Menéndez, el estanciero que barrió con los selk’nam

Al asturiano José Menéndez (1846-1918) le bastaron su codicia y sus contactos para hacerse dueño de casi toda la Patagonia y propiciar el exterminio de los selk’nam. Cacerías y remates de indios, matanzas de jornaleros, complicidad de las autoridades chilenas y argentinas, urden la trama de uno de los libros de historia más exitosos de 2014. Aquí su autor, José Luis Alonso Marchante, explica cómo fue posible la tragedia y se sorprende por la lentitud con la que la memoria oficial de Magallanes ha asumido el verdadero talante de algunos de sus prohombres.

POR DANIEL HOPENHAYN



“Otra estrategia para sacar a los selk’nam del medio fue llevarlos a las misiones salesianas, la primera de las cuales se estableció en isla Dawson. ‘Es el modo más barato de deshacernos de ellos, más corto que dispararles’, decía en una carta Mauricio Braun, yerno de Menéndez”.


A los 14 años y solo, José Menéndez se subió a un barco para probar suerte en América. Había nacido en un hogar pobre en un remoto pueblo de Asturias, al norte de España, condenado a ser un don nadie. Tras desembarcar, vivió dignamente en La Habana y Buenos Aires durante unos quince años, pero quería más. Así llegó, en 1875, a Punta Arenas. Unas décadas después, la Patagonia era prácticamente suya y su fortura era, literalmente, incalculable.
Hace unos pocos años, otro asturiano, el historiador José Luis Alonso Marchante, llegó a la Patagonia siguiendo sus pasos. Le intrigaba que un coterráneo suyo, de escasa educación, hubiese convertido aquella tierra de leyenda en su imperio familiar. No sabía que iba a encontrarse con una historia trágica cuyo saldo había sido, entre otras cosas, la desaparición de los selk’nam, habitantes milenarios de una isla cuyas señales de humo -para alertar de la presencia de extraños– vio Hernando de Magallanes en 1520, por lo que llamó a esa isla Tierra del Fuego.
“Los selk’nam fueron los últimos en tener contacto con la civilización, porque estaban más retirados de las costas. Hasta que llega precisamente José Menéndez”, dice Alonso, quien revolvió archivos durante años entre Chile, Argentina y España para contar, basándose en los propios testimonios de la época, quieén fue y qué hizo Menéndez, rey de la Patagonia, como se titula el libro que ya va por la tercera edición. “Un testimonio de gran valor es el de los salesianos, que tenían una misión al lado de las estancias de Menéndez –explica Alonso–. Ellos hacían recorridos y encontraban a los selk’nam muertos con un tiro en la frente. A partir de esos registros me di cuenta de que era un tema realmente trágico”.





CAZADOS COMO GUANACOS

Desde la experiencia de los propios selk’nam, ¿cómo crees que vivieron la llegada de Menéndez?

Con una absoluta perplejidad. Los selk’nam sabían lo que les había pasado a los otros pueblos y no se exponían, mucho menos las mujeres, porque te puedes imaginar lo que los marineros hacían con ellas. Pero cuando Menéndez instala sus primeras haciendas en Tierra del Fuego, el territorio de los selk’nam de repente se ve surcado por alambradas, lo que provoca el inmediato éxodo del guanaco, su alimento clave. En cambio, aparecen de la nada miles y miles de ovejas, un animal que nunca habían conocido y cuyas pezuñas además destruyeron las madrigueras del cururo, un roedor del que también se alimentaban. Entonces su hábitat cambia completamente. Es como si mañana empezara a desaparecer el Metro, los edificios, los semáforos, los autos y se nos sustituyen por otras cosas. Y era solo el comienzo, porque una vez que empiezan a alimentarse de ovejas, los colonos empiezan a cazarlos directamente.

¿Para que no se coman las ovejas?

Claro, eran una molestia. Tenían hambre y nunca entendieron que esas ovejas no eran suyas, porque estaban en sus tierras. Los propios policías argentinos de Tierra del Fuego, cuando les mandaban perseguir a los indígenas, decían “es que no están robando, simplemente usan ese animal para sobrevivir”. ¿Pero qué hacen los estancieros con José Menéndez a la cabeza? Instruyen a sus capataces para que alejen a tiros a los selk’nam y ahí empiezan las primeras bajas, que luego ya se complementan con cacerías organizadas para que desaparezcan de una vez. Tal como cazaban a los guanacos para alejarlos de las estancias, porque se alimentaban del pasto para las ovejas, se hizo con los indios.

Dices que los selk’nam no tenían la noción económica de la propiedad privada.

Para nada, esas culturas compartían los recursos que había. Un ejemplo que pasaba con los selk’nam, pero sobre todo con los yámanas: cuando alguna ballena quedaba varada en los canales y moría en la playa, se hacían inmediatamente hogueras para avisar a todas las familias que había alrededor, para que acudieran al festín. No era "que esta es mi ballena y ha caído en mi territorio”. Entonces no entendían ese concepto de propiedad que habían traído los colonizadores, por lo demás distorsionado porque si algún dueño debían tener esas tierras eran los propios selk’nam.


Cazadores Selk'nam, Alberto María de Agostini


¿Los selk’nam conocían la guerra entre ellos?

Bueno, la historia oficial tenía que dar una explicación a la desaparición de los selk’nam y se dieron dos: una, defendida sobre todo por un nieto de Menéndez, decía que sucumbieron por su “miserable contextura física”, así textual, por causas fisiológicos. Se olvida el historiador que llevaban 10 mil años viviendo ahí con absoluta normalidad. Y otra causa muy citada es que se exterminaron entre ellos. Pero la violencia entre los selk’nam aparece cuando los recursos desaparecen. Ellos se distribuían en los haruwen, que eran territorios familiares, y solo entraban al haruwen vecino para temas rituales y de convivencia. Pero claro, fueron siguiendo a los guanacos cada vez más escasos, se empezaron a encontrar y hubo roces entre ellos, que no justifican para nada su desaparición.

En tu libro hay muchas escenas que reflejan el nivel de brutalidad que llegó a existir.

Sí, muchísimas. Un caso especialmente trágico fue cuando el gobernador de Magallanes, Manuel Señoret, medio espoleado por los terratenientes Menéndez y Braun, organizó una “cacería de indios” de varias semanas y capturaron a casi 200 selk’nam, casi todos mujeres y niños porque los hombres se resistían y los mataban. ¿Qué hizo Señoret con esos 200 selk’nam? Los llevó a Punta Arenas y organizó un remate de indígenas, donde se repartió indiecitos a las familias que los quisieran. Los relatos son realmente sobrecogedores: todas esas familias en un galpón, los niños llorando, cómo se los arrancaban a sus padres….No  podemos ver algo que sucedió hace 125 años con ojos de ahora, pero todo esto fue criticado en ese momento y no solo por los salesianos, sino también por policías, militares, periodistas…


Familia selk'nam marchando por la playa, Charles W. Furlong, 1908


¿Los selk’nam intentaron dar la pelea?

Muy poco, tenían arcos y flechas y los otros tenían rifles de repetición. Además, otra estrategia para sacarlos del medio fue llevarlos a las misiones salesianas, la primera de las cuales se estableció en Isla Dawson. “Es el modo más barato de deshacernos de ellos, más corto que dispararles”, decía en una carta Mauricio Braun, yerno y socio de José Menéndez. Como tenían hambre, los atraían a esas “reducciones” dándoles alimento. Pero eso fue también su final, porque vivían hacinados y ahí se propagaron, o les propagaron los propios misioneros de manera involuntaria, infecciones: tuberculosis, tisis y desaparecieron rápidamente. Luego los últimos grupos ya se van hacia el interior –porque acercarse a las tierras ganaderas implica la muerte– y terminan en el centro de Tierra del Fuego, en la zona del lago Khami, donde desaparecen los últimos. De los entre 3 mil y 4 mil que había cuando llegan los colonizadores, hacia 1920 quedaban 100.

Sobre eso, hablas de un registro muy triste que encontraste en el archivo de los salesianos de Buenos Aires.

Me impresionó muchísimo. Era una hoja en la que ellos iban anotando, a medida que iban muriendo los indígenas en sus misiones, una línea por cada fallecido. Y en los arcos de edad de 0 a 5 años y de 5 a 10 años, hay más de 380 rayitas, niños que morían allí. Es estremecedor porque en esa hojita del 1900 realmente se estaba documentando el final de un pueblo entero.





DUEÑOS DE TODO

¿Cómo podríamos dimensionar el imperio económico que levantó Menéndez?

Si quisiéramos traducirlo a dólares actuales, es imposible, no puedes calcularlo. Llegó a tener más de un millón de ovejas, que necesitan casi dos millones de hectáreas para pastar; todas las tierras de la Patagonia y Tierra del Fuego aptas para la ganadería, eran suyas o de sus grupos familiares, que se cruzaron entre ellos económica y familiarmente y eran los propietarios de todo, pero de todo.

¿Cuánto se demoró Menéndez en construir su imperio?

Casi una vida. Él llegó en 1875 a Punta Arenas, que todavía era una colonia penal de dudosa prosperidad. Empieza ahí con un pequeño comercio y antes de terminar el siglo ya era el gran terrateniente. Y cuando se muere en 1918, ya ni siquiera vive ahí, sino en palacios de Buenos Aires, tenía su propia línea de navegación, compañías de seguros, bancos, edificios, viajaba a Europa normalmente…



Entierro de María Behety, Punta Arenas, 1908

En el libro desmitificas la figura del pionero visionario, dices que era un tipo más bien mediocre.

Claro, no es una idea mía, el escritor argentino Ernesto Maggiori dice que no fueron hombres excepcionales: lo excepcional fueron las circunstancias, el lugar y el momento. Si Menéndez hubiera ido a Nueva York iba a tener un par de cafeterías, pero ese imperio solo es posible ahí y en ese momento, ni 50 años antes ni 50 años después. Fueron gente normal que supo mover muy hábilmente sus contactos. Cada vez que nombraban un gobernador nuevo en Magallanes, iba a Punta Arenas y decía “cómo es posible que tres o cuatro personas tengan todas las tierras en su poder”, pero inmediatamente los hacían cambiar de opinión. Piensa que un momento cumbre en la historia de Punta Arenas es el Abrazo del Estrecho de 1899, cuando los presidentes Roca y Errázuriz llegan a firmar el tratado de límites entre Argentina y Chile. Bueno, esa noche Roca durmió en casa de Menéndez y Errázuriz en casa de Braun, el yerno de Menéndez. Así lograban las tierras saltándose toda la legislación que existía.


Arreo de ovejas en Tierra del Fuego

¿Alguna vez encontraste algo de Menéndez, quizás entre sus cartas, donde él se cuestionara lo que había hecho?

No, todo lo contrario, siempre tuvo un desprecio por los demás. Y con “los demás” no me refiero a los indígenas, que para él no eran ni personas, sino a los chilotes por ejemplo, que eran los jornaleros de sus estancias en condiciones laborales terribles. Y eso no lo digo yo en el año 2015, lo dicen los que visitaron las estancias de Menéndez en 1890 o 1900. Años más tarde los jornaleros se rebelaron pidiendo condiciones básicas y sencillamente los mataron.

Pero el imperio Menéndez también tuvo su final trágico.

Sí. Cuando murió su esposa, sus hijos le pidieron la parte de la herencia que les correspondía y él se negó. En el libro cito sus propias cartas donde se niega a repartir ni un céntimo con sus hijos. Pero sus ocho hijos amenazaron –los cinco varones más los tres yernos, porque las hijas mujeres no tenían ni voz ni voto– con litigar con él, y las leyes los favorecían. Así que lo obligaron a partir el imperio y una vez que hicieron una sociedad familiar, lo apartaron de la dirección de sus negocios. Él, que en Punta Arenas construyó su palacio con una torre para ver cómo llegaban sus barcos, es relegado en vida por sus propios hijos. Eso le dolió especialmente.



Estancia San Gregorio, frente al estrecho de Magallanes


EL LAVADO DE IMAGEN

Cuando estuviste en Punta Arenas, ¿cómo había permanecido Menéndez en la memoria histórica de la gente?

Es un tema muy interesante, porque una vez que él murió, los mismos hijos que le disputaron su fortuna organizaron todo un apuntalamiento de su memoria, y ahí es donde aparece el mito del pionero. Toda la historia oficial de Magallanes parece girar en torno a esos pioneros clarividentes que repartieron la riqueza a manos llenas. Uno camina por las calles de Punta Arenas y se encuentra con ese mito.

El apuntalamiento funcionó.

Pero a nivel oficinal, porque luego hablas con la gente común y es más ajena a esta historia. Y en el lado argentino directamente son militantes en contra de esos mitos. A nadie en Río Gallegos se le ocurriría ponerle “José Menéndez” a una calle, mientras que Punta Arenas la tiene y es de las más importantes. La puso en la época de Pinochet un nieto suyo, Enrique Campos Menéndez, que estaba al frente de la DIBAM y fue Premio Nacional de Literatura. En el centro de Punta Arenas solo hay una calle muy pequeñita a nombre de una mujer, se llama Julia Garay, una maestra, y todo lo demás son los grandes prohombres, próceres. Esa memoria me sorprende mucho.




El daño a los selk’nam es irreparable, pero pensando en otros pueblos originarios, ¿le das un contexto de actualidad a esta historia?

Por supuesto, y cada vez más gente se da cuenta de que esa herencia originaria es un valor positivo para una nación y no una incomodidad. Los australianos, por ejemplo, hoy nacen sabiendo que una parte muy importante de su país vienes de ahí, que se mezcla entre los aborígenes, los ingleses, los que vinieron de Singapur y que todo eso los hace un pueblo grande, diverso. Menéndez tuvo un empleado que se llamaba Alexander McLennan, allá lo conoce todo el mundo porque era el mayor asesino de indios y él mismo se jactaba de ello. Yo contacté a un bisnieto suyo que me decía que, aunque es duro decirlo, lo que hicieron Menéndez y McLennan permite que hoy en Tierra del Fuego no haya los problemas que hay en otros lugares: ya no hay indígenas, ya no hay reclamos. Es bastante sorprendente. El descendiente de los cazadores de indios se congratula de que hicieron muy bien su trabajo.


Publicado en "The Clinic", nº. 580, 22 de enero de 2015


21 de enero de 2015

Mi estantería patagónica (I)

Es imposible publicar un libro de historia sin previamente haber leído, analizado y estudiado todo lo que los demás autores escribieron sobre el mismo tema. En Menéndez, rey de la Patagonia incluyo al final del texto veinte páginas de bibliografía, donde hago referencia a aquellos títulos de libros, extractos de artículos o tesis doctorales que sirvieron para avanzar en mi investigación. Hoy quiero destacar cinco de esos textos, que me parecen imprescindibles para conocer la historia de la moderna colonización de la Patagonia y la Tierra del Fuego.

"El Paso del Diablo"

La Historia, así con mayúsculas, se puede contar de muchas formas, incluso con una buena novela. Esto es lo que sucede con uno de los libros más recomendables sobre la Patagonia, "El Paso del Diablo", del escritor magallánico Pavel Oyarzún Díaz. Publicado por LOM Ediciones en 2004, la novela narra el complicado paso de la cordillera, entre Argentina y Chile, de Antonio Soto Canalejo y algunos de sus hombres, que huyen de la salvaje represión que los militares argentinos están llevando a cabo en Santa Cruz. Soto, español, tiene una calle en la ciudad de Ferrol, de donde era originario, justo homenaje al luchador anarquista que trató, sin éxito, de mejorar las penosas condiciones de vida y trabajo de los peones rurales. Junto con "Barragán", otra de sus novelas, es un libro absolutamente esencial.



"Colonia, los ojos de la memoria 1868-1905"

Se trata de un libro imprescindible sobre Magallanes escrito por el historiador Mario Isidro Moreno. En "Colonia, los ojos de la memoria 1868-1905", Moreno narra un sinfín de acontecimientos que forman parte ya de la historia de la región. Un libro de pequeño formato pero grande de contenido, que se estructura a través de la vida de Jacinto Tureuna Hueicha, verdadero pionero venido de Chiloé, cuyo devenir vital permite al lector conocer de primera mano la historia de la consolidación de Punta Arenas. Perfecto para introducirse en la apasionante historia magallánica. Publicado en 2007.





"La Patagonia rebelde"

Cuando leí por vez primera este libro del historiador argentino Osvaldo Bayer quedé vivamente impresionado por la epopeya que se narraba en sus páginas y por la enorme injusticia que se cometió con sus protagonistas, los huelguistas de la Patagonia. Se trata, en palabras del mismo Bayer, de una “historia de pobres gauchos que quisieron tocar el cielo con las manos”. Su extenso trabajo constituye un ejemplo de investigación en la que llevó hasta sus últimas consecuencias su deber para con la verdad histórica, hasta el punto de que se vio obligado a exiliarse de Argentina para salvar su vida y la de su familia. Bayer, con su pasión por la historia y su compromiso ineludible con los derechos humanos, se ha convertido en el referente de varias generaciones de historiadores. El libro es de lectura obligada para cualquiera que quiera conocer la historia patagónica. En la foto la edición de Txalaparta (España) de 2009.




"Los chilotes de la Patagonia Rebelde"

Un libro esencial para conocer los sucesos de las huelgas rurales de 1921 y un perfecto complemento al trabajo de Bayer. Publicado en 2012, en "Los chilotes de la Patagonia Rebelde" el profesor Luis Mancilla Pérez nos describe el perverso sistema de explotación de los jornaleros, trasladados en barcos desde Chiloé a las estancias para trabajar en la esquila, sometidos a agotadoras jornadas de trabajo, hacinados en barracones insalubres y a los que se les pagaba en vales y fichas de la sociedad ganadera, en lugar de en pesos corrientes. Las protestas de los jornaleros terminarán en un baño de sangre, con miles de obreros asesinados por el ejército argentino sin que las autoridades en Chile, ni civiles ni religiosas, protestaran los más mínimo. A casi cien años de estos tristes acontecimientos, este libro del "Bayer chileno" rinde justicia a la memoria de esos hombres tan injustamente tratados por la historia oficial.



"La tierra del fuego"

La excelente escritora argentina Sylvia Iparraguirre escribió en 1998 esta excepcional novela histórica. En "La tierra del fuego" la autora, a través de las supuestas memorias de John William Guevara, personaje ficticio, narra el encuentro en 1830 entre yámanas e ingleses y la persistencia "civilizadora" de los misioneros anglicanos que desembocará en la matanza de Wulaia. Se trata de un libro escrito con gran rigor histórico que utiliza fuentes del National Archive de Londres. Es una obra fundamental para conocer el devastador efecto que las misiones causaron entre los pueblos indígenas de Tierra del Fuego.





26 de diciembre de 2014

A trabajar en el aula: "Menéndez, rey de la Patagonia"

   En el año 2011, mientras llevaba a cabo en Chile el proceso de investigación para mi libro "Menéndez, rey de la Patagonia", me encontré con una fuerte movilización estudiantil que fue realizada a nivel nacional por los estudiantes universitarios y de secundaria. Aquellas protestas multitudinarias, que pedían poner fin al sistema educativo heredado de la dictadura, tuvieron un gran eco en Europa y sirvieron de modelo para estudiantes de otros países. El gran éxito de la protesta tuvo como consecuencia que cuatro de aquellos líderes estudiantes (Karol Cariola, Gabriel Boric, Camila Vallejo y Giorgio Jackson) obtuvieran en 2013 el acta de diputados del parlamento de Chile.

   
El testigo de los estudiantes fue recogido por los docentes, que este 2014 han continuado las protestas en favor de una educación pública de calidad, gratuita y para todos. Por eso es un verdadero privilegio que la Revista Docencia, órgano de los profesores de Chile, haya elegido "Menéndez, rey de la Patagonia" como material para trabajar en las aulas con los alumnos. Les transcribo el artículo aparecido en el número 54, correspondiente al mes de diciembre.




La extinción de los selk’nam (onas) en la Tierra del Fuego estuvo por muchas décadas envuelta en silencios, especulaciones y falsedades, hasta que el historiador español José Luis Alonso Marchante encontró el texto original de Treinta años en Tierra del Fuego, obra del misionero salesiano y naturalista Alberto de Agostini. El manuscrito da testimonio de cómo el genocidio de los pueblos indígenas de esta zona se debió a la cacería financiada por José Menéndez, español, gran latifundista del extremo sur de Chile y Argentina que acumuló su enorme fortuna con el comercio lanero. Menéndez llegó a ser dueño y señor de toda la Patagonia a través de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, imperio económico que surgió de la exportación de lanas a Inglaterra, y que llegó a abarcar navieras y bancos.

Con la inserción y crianza masiva de las ovejas en la zona, y el consecuente desplazamiento del guanaco –debido a las alambradas y la caza discriminada–, los selk’nam perdieron su principal fuente de subsistencia. Así, comenzaron a incursionar en las estancias ovejeras en busca de alimento. Ante esta “amenaza” al negocio, y bajo las órdenes de Menéndez, los hombres selk’nam fueron masacrados, y los niños y las mujeres fueron ofrecidos como esclavos en las plazas públicas. De Agostini, al igual que otros curas salesianos, fue presionado por el poder de Menéndez para atribuir la “extinción” selk’nam a otras causas (entre las que se ha argüido desde el clima al canibalismo), exculpando al latifundista y su actividad económica. En Menéndez, rey de la Patagonia Alonso Marchante da cuenta de este y otros hallazgos, logrando esclarecer las verdaderas causas del genocidio y el truculento proceso de ocultamiento de las mismas, por una cadena de intereses que nos lleva a los propios descendientes de Menéndez contemporáneos nuestros.

Este proceso, ocurrido a fines del siglo XIX y principios del siglo XX en el “fin del mundo”, la Patagonia chilena y argentina, es un proceso de invasión, colonización y exterminio tardío, si lo comparamos con la conquista de América en el siglo XVI, pero igualmente materializa en este espacio y tiempo el choque de dos mundos, de dos racionalidades y cosmovisiones diferentes (la europea occidental y la indígena americana), que dieron por resultado el holocausto humano y natural que relata Alonso Marchante. Asimismo, el libro aborda la masacre de cientos de peones de diversas nacionalidades a manos del ejército argentino –y con la colaboración del Estado de Chile–, ocurrida entre 1920 y 1921, luego de una huelga anarcosindicalista contra la explotación a la que estaban sometidos en las estancias ovejeras.


Recomendamos este libro al profesor de Historia y Ciencias Sociales, para trabajar con jóvenes de tercero y cuarto medio, abordando en grupos algunos de sus capítulos, para luego articular una reflexión crítica colectiva a partir de un relato histórico complejo, polémico y muy bien documentado. Esta obra representa una excelente oportunidad para abordar con un material nuevo, problemas centrales de la historiografía, tales como el punto de vista, la diversidad de fuentes, la censura, la verdad y los silencios de la historia. También problemáticas que son abordadas desde la antropología, como cosmovisión y formas de vida de los pueblos indígenas australes, diversidad cultural, desastres ecológicos causados por el hombre o el impacto de la racionalidad económica sobre el entorno, al romper los equilibrios ambientales.


Por Equipo Revista Docencia

17 de diciembre de 2014

En la Tierra del Fuego

En diciembre de 2009, hace ahora cinco años, tuve el privilegio de recorrer la Tierra del Fuego argentina, de sur a norte, admirando una región de una naturaleza fabulosa, habitada por gentes muy acogedoras y cuyos paisajes guardan la memoria de una historia de leyenda.

En el curso de mi largo proceso de investigación histórica que daría lugar años después al libro "Menéndez, rey de la Patagonia", publicado en Chile por Editorial Catalonia y en Argentina por Editorial Losada, me planteé muchas veces la necesidad de hacer un viaje al extremo más austral de América, ocasión que por fin llegó en esas fechas.



La isla grande de Tierra del Fuego está situada en el extremo más austral de América, entre los 65 y los 72 grados de longitud oeste del meridiano de Greenwich y entre los 52 y 56 grados de latitud sur del paralelo del Ecuador, separada del continente por el estrecho de Magallanes. Con 47.992 kilómetros cuadrados de extensión, la mayor parte de la isla está formada por mesetas y llanuras suavemente onduladas, mientras que al suroeste se localiza un terrero muy montañoso, siendo el canal Beagle su límite sur. Una línea vertical que va desde el Cabo Espíritu Santo hasta el lago Khami, separa la parte chilena (al oeste) de la argentina (en el este).



Precisamente, la capital de la provincia argentina, Ushuaia, se encuentra orillas de ese canal, a más de 3.000 kilómetros de Buenos Aires, la capital del país, y a 13.000 kilómetros de Madrid, ciudad donde yo vivo. Fue fundada en 1882 por los argentinos, que establecieron allí una prefectura marítima.



Una visita al supermercado para aprovisionarme y en ruta hacia el norte. Como no podía ser de otro modo, la compra la hice en "La Anónima", la sociedad comercial que fundaron José Menéndez y Mauricio Braun en 1908 y que llegó a monopolizar todo el comercio de las provincias argentinas de Santa Cruz y Tierra del Fuego. Hoy, la cadena de supermercados sigue en manos de sus descendientes, siendo su presidente Federico Braun. Sus empleados llevan a cabo una valiente huelga en demanda de sus reivindicaciones laborales.



De Ushuaia a Río Grande hay algo más de 200 kilómetros a través de la emblemática Ruta Nacional 3. El Paso Garibaldi permite superar la cadena montañosa y dar vista al lago Khami y a la inmensa llanura pastosa que se extiende hasta el Estrecho de Magallanes. La vegetación es en esta zona de una belleza inigualable.




El lago Khami es conocido también con el nombre de lago Fagnano, en honor de Giuseppe Fagnano, sacerdote salesiano que, sin recorrerlo, supo de su existencia gracias a los indígenas en 1891. Kakenchow o Kami, que significa Agua Grande es el nombre selk¡nam correcto y el que debe prevalecer, por encima del apellido del religioso que impusieron las autoridades y nos legó la historiografía oficial. Con sus 645 kilómetros cuadrados, las montañas nevadas al fondo y el brioso oleaje, parece un mar que quisiera escapar de la isla.



Enseguida comienza a aparecer al borde de la ruta la sempiterna alambrada que separará las tierras destinadas al ganado lanar del resto del territorio. Aunque pueda parecer casi increíble, a principios del siglo XX un millón de hectáreas donde pastaban centenares de miles de ovejas eran propiedad de solo cuatro familias, Menéndez, Braun, Montes y Bridges, emparentadas a través de poderosos vínculos familiares y empresariales.




La inmensidad del paisaje y su suave relieve permite que el viento sople con fuerza, una de las características de casi toda la Patagonia. Como además la capa del suelo propicia para la vegetación es muy estrecha, muchos árboles son arrancados con facilidad, obstruyendo grandes extensiones.



Enseguida llegué a la primera estancia que me proponía visitar, la Estancia "José Menéndez", que fue fundada en 1896 con el nombre "Primera Argentina" en la margen derecha del río Grande. Ocupaba 80.000 hectáreas sobre la antigua concesión Popper y, en sus mejores momentos, llegará a albergar 140.000 ovejas en un inmenso territorio que se extendía desde el océano Atlántico hasta la frontera chilena. El primer administrador de esta estancia fue el escocés Alexander Mac Lennan, "Chancho Colorado", de infausta memoria por las matanzas de indígenas selk'nam. 120 años después, el tiempo parece detenido en este lugar.




Atravesando el río, a unos veinte kilómetros más al norte, se encuentra la Estancia "María Behety", que Menéndez llamó "Segunda Argentina" y que era todavía más grande. 200.000 hectáreas propiedad de una sola familia donde pastaban 160.000 ovejas, en el centro del haruwen o territorio ancestral de los selk'nam. El administrador fue José Menéndez Behety, Josecito, uno de los hijos del hacendado asturiano.



Convertida hoy en un lujoso y exclusivo lodge de pesca, con campo de golf incluido, la estancia presume de tener el galpón de esquila más grande del mundo, aunque yo solamente me preguntaba qué es lo que pasó con la gente que vivía aquí antes de la llegada de los terratenientes ganaderos. 




La respuesta la iba a encontrar no muy lejos, en la Misión salesiana de Nuestra Señora de la Candelaria, que está en Río Grande. Fundada al mismo tiempo que las estancias, allí se refugiaban los indígenas que huían de las persecuciones que organizaban contra ellos los estancieros, pero solo para morir en medio de terribles enfermedades que los mismos religiosos les contagiaban. Los diarios de los misioneros y religiosas reflejan en sus monótonas anotaciones la magnitud de la tragedia.




De camino al sur, por la misma ruta nacional 3, pude ver las tropillas de guanacos, animal salvaje que también fue duramente perseguido por los administradores de las estancias ya que competía por el pasto con las ovejas. Para los selk'nam era un animal casi sagrado, puesto que toda su economía giraba a su alrededor: les proporcionaba carne con la que alimentarse, pieles que les servían para protegerse del frío y sus huesos y tendones les servían para fabricar sus arcos y otros utensilios.



Atravieso nuevamente el lago Khami, pero esta vez en dirección a Ushuaia, donde visitaré el Museo de la Penitenciaría y "saquearé" las librerías de la ciudad, en busca de bibliografía sobre la Patagonia y Tierra del Fuego. La belleza de la ruta es inigualable.



La última imagen que quise llevarme de mi inolvidable viaje la conseguí ascendiendo penosamente el glaciar Martial, desde donde se tiene una excepcional panorámica de Ushuaia, del canal Beagle y de algunas de las islas de los alrededores. Se trata del territorio yámana, el legendario pueblo de nómadas canoeros que también sufrió los terribles embates de la civilización.



Aunque los picos nevados de la cordillera Darwin nos recuerdan desde su inmensidad lo efímero de nuestra existencia, esa naturaleza fastuosa de la Tierra del Fuego contiene todavía en sus rincones el eco de unas mujeres formidables y las huellas de unos hombres valerosos que, a través de sus descendientes, nos legaron la memoria de los pueblos selk'nam y yámana.





29 de noviembre de 2014

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE, por Osvaldo Bayer


Dos veces he tenido la ocasión de hablar en persona con el admirado Osvaldo Bayer (1927-2018). La primera fue en septiembre de 2012. Me presenté en su casa de Buenos Aires, “El Tugurio”, y llamé al timbre de la puerta. Sentí unos pasos que lentamente se acercaban y el mismo Osvaldo me abrió la puerta. Me invitó a pasar, yo no lo creía, estaba ante el legendario historiador, que tanto había influido en mi visión de la historia. Tras una breve charla, le entregué un mamotreto de hojas anilladas y le dije: “Bayer, he terminado este libro y vengo a pedirle que me escriba el prólogo”. Me fui de su casa, de Argentina y regresé a Madrid. Pasaron un mes, dos, seis y, cuando ya había perdido completamente la esperanza, recibí un correo electrónico del mismo Osvaldo Bayer, adjuntando en un archivo Word el prólogo para mi libro. La siguiente vez que lo vi fue hace solo unos meses; volví a su casa, le regalé un ejemplar de “Menéndez, rey de la Patagonia” y le di las gracias por el prólogo, diciéndole que sin sus palabras, nunca hubiera podido publicar mi libro. Entonces Bayer tomo su “campari”, me miro y me dijo: “Muchacho, no diga eso, el libro es muy bueno, era necesario un trabajo como el suyo”. Gracias, maestro, nunca le vamos a olvidar.

PRÓLOGO para el libro "MENÉNDEZ, REY DE LA PATAGONIA"


   Este es un libro definitivo sobre la verdad de lo ocurrido en el sur chileno y argentino conquistado por la civilización de origen europeo. El reparto de las tierras y el genocidio consumado con los pueblos originarios. Ya nadie -después de este acopio de pruebas- podrá señalar que las versiones críticas que surgieron a medida que se producían esos hechos eran exageradas o de pura imaginación.
Lo de la Patagonia Austral es un segundo capítulo del antecedente que se llamó “Expedición del Desierto” del general Julio Argentino Roca. Es la segunda etapa que se llevó a cabo tanto en la Patagonia argentina como en la chilena. Fue otro método pero se aplicó el mismo concepto. La tierra quedó para unos pocos “civilizados” y los pueblos originarios fueron exterminados después de quitarles esas tierras. José Luis Alonso Marchante, aquí, nos presenta en especial lo que ocurrió en Chile, principalmente, pero también de su eco en la Argentina, o viceversa, en esta biografía exhaustiva del aprovechado español José Menéndez.


Paso a paso, documento por documento, mencionando todos los testimonios oficiales y privados, y las investigaciones habidas hasta el momento, y nos deja algo indiscutible. Algo para el gran debate acerca de nuestros “héroes”, nuestros “pioneros”, nuestros “hombres que traen consigo el futuro”. En esto están consagrados años de labor, de consulta, de información de época. El autor no deja de lado de discutir todas las opiniones de los historiadores hasta el presente sobre este tema, para aprobarlos o demostrar deficiencias. Lo mismo acerca de los testimonios citados en tales investigaciones, o informaciones de prensa, o las versiones de las autoridades de aquel tiempo. Aquí, en estas páginas, hay años de investigación, una investigación sabia y profunda, alejada de cualquier concepto ideológico. Basándose siempre en los principios de la ética y de la verdad histórica.
Quien, como el autor de este prólogo, dedicó más de una década a la investigación de las huelgas rurales patagónicas no puede menos que aplaudir ahora una obra como la de Alonso Marchante. Ahora sí, ya tenemos el camino para llegar a las conclusiones a las que deben arribar los políticos que representan a la verdadera democracia en esas regiones. Esperemos que aprendan y que esas comarcas no sigan sujetas al juego de los mezquinos intereses de los “dueños”. Que esta verdad histórica pueda servir como código del futuro para no volver a cometer injusticias tan tremendas que obligan a pensar en cómo, en esos años de “liberal-positivismo”, se traicionaron los principios de Mayo y el pensamiento de esas campañas libertadoras de San Martín y O´Higgins (además de lo que significó el verdadero genocidio de los pueblos originarios). Y pensemos como esos llamados civilizadores no pensaron tampoco en el debido respecto a la Ecología.

Todo el programa llevado a cabo por la denominada “civilización” de los que “descubrieron” América será llevado a cabo, entre otros, por un comerciante español, tal vez ni siquiera proponiéndose ningún “plan civilizatorio” sino sólo a través de su afán de riquezas, de su ansiado “progreso propio”. El egoísmo humano que los acompañó los hizo protagonizar actos de absoluta crueldad sin contemplaciones, porque había que ganar todo para llevar a cabo “la civilización de la barbarie”.
El autor de este libro, primero hace una profunda presentación del escenario donde va actuar el comerciante José Menéndez. De ahí, los capítulos sobre los pueblos originarios de toda la región, especialmente la fueguina. Y después pasará a descubrir los métodos empleados por los “civilizados” para exterminar a la población originaria en una parte del libro titulada “Violencia contra los indios”.  Entre ellos se menciona a Luis Piedrabuena, un personaje que en su honor lleva su nombre una ciudad argentina de la provincia de Santa Cruz. Un dato para pensar en la vergüenza que sufrimos los argentinos, que tenemos que vivir en ciudades o calles con el nombre de genocidas o explotadores, con grandes homenajes a ellos. El autor de este libro se dedica a un concienzudo trabajo acerca del estado de la historia, en especial de las regiones de Tierra del Fuego y de la ciudad chilena de Punta Arenas. También está explicada en todos sus detalles -positivos y negativos- la posición de los representantes de la Iglesia Católica. Principalmente, lleva a cabo el estudio histórico de la misión Fagnano: cuyo nombre es recordado hoy en Tierra del Fuego con un lago, el mayor de esa región. En vez de respetar los bellos nombres originales puestos por los habitantes de los pueblos originarios siempre referidos a las características de la naturaleza. No, se pusieron los nombres de sus conquistadores.

También está aquí la historia del imperio económico de Menéndez-Braun, cuando las dos familias se unieron mediante la boda entre Mauricio Braun y una hija de Menéndez.  Y todo el proceso de cómo se cambia la vida de la fauna natural de la región: por ejemplo, el guanaco va a desaparecer cuando llega la oveja. Y está el capítulo de los “cazadores de indios“, crimen de los peores de nuestra historia conjunta chileno-argentina en ese verdadero paraíso de paisajes que es Tierra del Fuego y la Patagonia continental. Hasta se llegó al colmo: al “remate de indios”, como se había hecho durante la colonización española, con el remate de esclavos de origen africano. La “civilización” europea, occidental y cristiana. Todo terminará para José Menéndez, verdadero “conquistador” de esas tierras, con la disputa de su fortuna por sus propios hijos. Como debía terminar esta historia trágica. Por encima de toda moral, el dinero.

Vuelvo a sostener: esta obra será un libro de consulta obligada para todo estudioso de la historia contemporánea del Sur argentino-chileno. Es un testimonio irrefutable de cómo estadistas y comerciantes destruyeron los sueños de todos nuestros Libertadores, todos muertos en la humildad más absoluta. Un libro para aprender esta lección de Ética que nos enseña el investigador a fin de no repetir la historia. Y vemos que finalmente siempre triunfa la Verdad, y la Verdad indiscutible sale a la luz una vez más.

El "Tugurio", la casa de Bayer en Buenos Aries, con el mural de Martín Zinclair