7 de febrero de 2020

"Selk'nam, genocidio y resistencia", el prólogo escrito por Alberto Harambour

En diciembre salió publicado en Chile mi último libro “Selk’nam, genocidio y resistencia” (Editorial Catalonia). Se trata de una aproximación a la historia de este pueblo de Tierra del Fuego, que padeció un terrible genocidio a finales del siglo XIX a manos de los grandes terratenientes ganaderos. El libro habla también de la resistencia de los selk’nam frente a los invasores, de las estrategias que llevaron a cabo para tratar de frenar el avance de las explotaciones ovinas y, cuando todo su territorio fue usurpado, para sobrevivir en un entorno hostil. Y es que, a pesar de que fueron diezmados, hubo supervivientes y hoy los selk’nam contemporáneos, mujeres y hombres orgullosos de su sangre y su linaje, luchan para que se reconozca su pasado y sus legítimos derechos. 
Debo el prólogo de la edición chilena del libro a un autor imprescindible, el académico Alberto Harambour Ross. Historiador magallánico y profesor en la Universidad Austral, en sus libros y artículos ha analizado en profundidad la expansión británica del negocio ovino a la Patagonia y la Tierra del Fuego y las tácticas de resistencia que los selk’nam implementaron contra esta invasión. Le agradezco inmensamente que se haya tomado el tiempo de prologar esta obra, toda vez que él es toda una autoridad en la materia. Les comparto el texto completo.




“Un espanto más bárbaro, más bárbaro, más bárbaro,
que el hipo de cien perros botados a morir”
Pablo De Rokha,


El genocidio es el espanto bárbaro, más bárbaro. Un grupo humano es arrastrado a través de un acabo de mundo por otro grupo humano que se sitúa desde la pretensión de barrer con una existencia despreciada, reemplazándola por la presencia propia, exclusiva, superior, ocupando las tierras de los hombres y las mujeres de quienes se eliminan nombres, se borran huellas, se destruyen vidas. El exterminio planificado, ejecutado a veces por fuerzas estatales y otras por privados, y generalmente en una alianza de poder público, empresarial, religioso y popular, corroe en su despliegue la experiencia histórica de los perseguidos, quebrando la transmisión de la memoria intergeneracional e instalando en los sobrevivientes el miedo y la negación, la subordinación, la impotencia. Sobre los sobrevivientes cae la duda y el desdén, y caen las ruinas de vidas que fueron plenas. El brutal rito de paso por el apocalipsis impone a los hijos e hijas de los sobrevivientes un secreto calladamente orgulloso, muchas veces vergonzante, siempre peligroso por derrotado, y resistente, de alguna manera, entre los pliegues de la memoria. Esperando la ocasión de ser nombrada.

Arqueros selk'nam, fotografía Carlos Gallardo 1902
Genocidios tenemos muchos, demasiados, diversos. Ninguno cierra su círculo de espanto sin la Historia. El espanto está satisfecho cuando deja de causar espanto. Cuando se naturaliza. Y para la naturalización se necesitan hombres armados y periodistas lo mismo que historiadores y abogados. Sobre las carnes sin tumba se levantan sociedades nuevas, que construyen para sí mismas épicas de progreso y bienestar imposible sin la matanza y las deportaciones, las reducciones o los campos de concentración. Historias coloniales, construidas gracias a la erradicación de un pueblo y al despojo de la tierra de toda memoria socialmente significativa anterior. Ciertos pasados son convertidos en insignificantes, o prehistoria, y lo significante nace del poder creador de los exterminadores, del poder conmemorador que da actualidad a una particular selección del pasado como Historia Nacional. Esa invención de un tiempo homogéneo y continuo sella una lápida historiográfica sobre la heterogeneidad de experiencias en las tierras ocupadas. Pocos ejemplos más actuales que la celebración de los 500 años del viaje de Hernando de Magallanes como “descubridor” de Chile y Argentina, creaciones bastante más recientes. Para los pueblos originarios sobrevivientes es la reiteración de la negación de su existencia independiente y de la puesta en valor del hecho colonial.
Desde la década de 1880 los pueblos de la isla Grande de Tierra del Fuego debieron esconder el estigma que era su pelo y sus ojos, su caminar y comer distinto, su palabra y sus recuerdos de las historias que vivían sus pares que estaban siendo asesinados y deportados. Para los sobrevivientes: no ser más lo que fueron colectivamente, y deber ser, en la soledad, lo más parecidos posible a los que estaban fundando el nuevo mundo. Adaptarse adoptando otro idioma y una religión de subordinación. En este mundo nuevo surgido de la aniquilación del mundo de siempre, llamado Tierra del Fuego argentina y chilena, los sobrevivientes, mujeres y niñas las más, tuvieron que sufrir lo imposible para dejar de ser lo que eran. Y convertirse entre otras cosas, en chilenas y argentinas.
El historiador Alberto Harambour Ross
El deseo de exterminar a un grupo social sólo es plenamente comprensible para perpetradores y cómplices. Para los que hemos sido educados en las tradiciones nacional-colonialistas, confinar su memoria a la prehistoria fue natural. La tarea de explicarse la voluntad genocida es interminable, siempre inconclusa, y tiene como necesidad la recuperación de la humanidad, es decir, de la historicidad de las y los deshumanizados. Rompiendo las naturalizaciones y las continuidades impuestas. Reconociendo los derechos plenos de los sobrevivientes y sus descendientes a su tierra y sus mares, y sobre todo a su historia. A ese combate por la historia se vuelve como se vuelve siempre al amor, como se vuelve siempre al trauma, a lo que pudo y puede ser, que es tan distinto de lo que estuvo siendo y lo que ha sido. Hay allí algo inconmensurable, como el afán de lucro, que juega de motor de la industria de erradicarle la tierra, la historia y la vida a otros pueblos. Así es en el caso del genocidio selk’nam al que vuelve José Luis Alonso Marchante en éste, su segundo libro sobre el sur extremo, para profundizar con la indignación y la ternura en la trayectoria de las muertes y en los baldíos de la sobrevida. Porque en éstos reaparecen también otras tramas: solidaridades calladas, lazos murmurados, gestos de complicidad, o alguna piedad.
No la misericordia, tan proclamada por adoctrinadores y guardas del mal morir, por historiadores-ventrílocuos del progreso y las autoridades que lamentan la “extinción” de “nuestros” pueblos originarios. Hay, en éste libro como en “Menéndez, rey de la Patagonia” otra indignación y otra ternura: la del escritor que se aproxima a una geografía distinta y a pueblos otros sabiendo que la derrota, aunque catastrófica, es siempre breve, como dice la canción. Que las posibilidades de ser otros se construyen. “Me pasé media vida tratando de disimular mi condición de indio, para en esta última convencer a los demás que lo soy ciento por ciento”, le permite decir el autor a Luis Garibaldi Honte, en una cita que recoge. Esa idea cruza el libro como un fantasma que inspira a recuperar, desde dentro de la historia siempre contada, las historias que en ella quedaron escondidas o erradicadas. Historias de gente que perdió, luchando, y que ha debido luchar para que su historia presente no sea pasado remoto, extinción, o daño colateral.
Este libro-ensayo está planteado en una perspectiva lo suficientemente amplia como para reconocer los tiempos de las rupturas vitales y las toscas continuidades en este siglo XXI preapocalíptico. Alonso Marchante se ha dado un trabajo interpretativo mayor, revisando una gran base documental de narraciones segmentadas temporal, disciplinar e institucionalmente. De esta tremenda revisión de bibliografía y documentos, la mayor parte de ella conocida pero nunca antes puesta en diálogo, surge una interpretación de conjunto con valor propio, que permite desmontar juicios y prejuicios convertidos a fuerza de repetición en una suerte de sentido común al pensar la historia de la colonización de la Tierra del Fuego. Es un libro que le pasa el cepillo a contrapelo a la historia colonialista, nacionalista, regionalista, supremacista, para contribuir a una interpretación humanista.

Mujeres selk'nam, fotografía Alberto María De Agostini
Las nociones de pueblos barridos por el viento feroz de un progreso abstracto, Alonso Marchante las discute dándoles nombre: donde se dice progreso puede leerse capitalismo avalado por el estado, desplegado para beneficio de pocos y en perjuicio de los más. La idea interesada y extendida de las misiones salesianas como espacios bienintencionados de protección a las y los perseguidos se desmorona también, al considerar la acelerada mortandad de los deportados, y la radical negación de la plena humanidad de los hombres, mujeres y niños confinados a una isla en medio del Estrecho o arrinconada sobre la fueguina costa atlántica. El prejuicio de la incapacidad de comprensión de la moderna propiedad, el de la adaptación imposible; el juicio sobre el daño colateral en la formación de la soberanía chilena o argentina, el juicio sobre el genocidio sin planificación, o del genocidio como “extinción”… todos estos dispositivos tradicionales de la historiografía más conservadora, heredera conceptual de los empresarios o uniformados prohombres de la colonización, se desarman a través de este libro generoso al citar y al convidar a la lectura.
José Luis Alonso Marchante presenta nuevamente un ejercicio innovador en su magnitud y en la acertada combinación de aquellos fragmentos, dispersos, que reúne con buena pluma y mejores intenciones: ampliar el campo de lo dicho y decirlo con voz clara. Quienes se aventuren a través de estas páginas encontrarán una propuesta interpretativa y, junto con ella, una cantidad importante de huellas que seguir para profundizar tantos temas que quedan abiertos. Creo que en las historias del extremo sur americano, como en las de tantos otros territorios que son objeto del colonialismo más reciente, se encuentran claves que podrían permitir frenar aunque sea en parte la cuesta abajo en la rodada del género humano. El autor es generoso, también, al dejar muchas puertas entreabiertas para la entrada de nuevos y nuevas autoras a descorrer sus velos. Porque no hay historia definitiva, porque es posible, aún, que la historia continúe.

Busto Menéndez arrojado a los pies del monumento a Magallanes, Punta Arenas, noviembre 2019